Mi antiguo profesor de letras, el señor Dositeo Lenguaraz, maniático del ajedrez, calzaba un pene largo y grueso, no así como su escasa imaginación, por lo cual intuí que la historia que nos presentó como ejercicio provenía de una sesera que no era la propia.
"Señoritos, vuelvan de donde quiera que estén y presten atención. Voy a narrarles una historia inconclusa de la cual ustedes deberán extraer una conclusión". Por aquellos tiempos lejanos los profesores con gafas de pasta y de cipote grande eran diplomáticos en extremo y te trataban de usted. El señor Lenguaraz paseaba entre los pupitres con superioridad desdeñosa, como quien camina por un terreno de su propiedad controlando sus pertenencias. Paso a paso fue desgranando el cuento.
"Hubo una vez un niño llamado Hugo que contaba con once años de edad, más o menos la edad que tienen ustedes en este momento. El padre de Hugo se llamaba Herófilo y trabajaba como conserje en este mismo centro de enseñanza y la madre, de nombre Caraciola, se ocupaba de las tareas de limpieza además de las del hogar. Los tres vivían en el piso del instituto que correspondía a los conserjes y el mozalbete, Hugo, en su condición de hijo único y por consiguiente consentido y mimado, tenía permitido jugar por todas las dependencias del instituto, con la única condición de no entrar, bajo ninguna circunstancia, en la habitación que se encontraba al fondo del pasillo".
"Al principio, a Hugo no le interesaba demasiado lo que pudiera haber tras aquella puerta anaranjada. De hecho, cuando nos acostumbramos a acatar según que prohibiciones por extrañas e incomprensibles que parezcan, terminan por convertirse en lógicas y cotidianas. Sin embargo, con el transcurrir de los días, Hugo empezó a sentir un interés creciente por lo que podría haber en aquella habitación. Día tras día, el bueno de Hugo se preguntaba qué misterio esconderían aquellas cuatro paredes que incluso sus padres le vetaban la entrada, a él, a su propio hijo. Debía tratarse de algún secreto absolutamente horrible e inconfesable. O quizás lo protegían de alguna criatura monstruosa y hambrienta".
"Al final de sus exploraciones por el instituto, siempre acababa delante de la puerta prohibida. Se la quedaba mirando largos minutos, con la cabeza levantada y la boca abierta como quien contempla a un coloso. La tocaba con sus manos abiertas y diminutas e incluso pegaba la oreja esperando percibir algún sonido. A veces, cuando la curiosidad era insostenible, escrutaba por el ojo de la cerradura con fijeza, ladeando la cabeza intentando encontrar un ángulo apropiado que le permitiera descubrir algo que no fuera aquella impenetrable negrura. Y otras, salía a la calle intentando entrar por la ventana de la dichosa habitación sin éxito. Hasta que un día, fatigado de investigaciones infructuosas, decidió urdir un plan y desentrañar el enigma de una vez por todas".
En este punto de la narración, el señor Dositeo Lenguaraz interrumpe su narración y observa complacido a la enmudecida clase, al tiempo que extrae de su bolsillo una bola ergonómica de goma de densidad media para ejercitar los dedos. Con la parsimonia de saber que nos tenía sumergidos en la historia, el señor Lenguaraz prosiguió con la narración y su paseo por entre los pupitres a la vez que ejercitaba sus falanges.
"Doña Caraciola era la única persona que entraba en la habitación del fondo del pasillo. Todos los sábados de todos los meses, la señora Caraciola se pertrechaba de escoba, recogedor, fregona, cubo, lejía, productos de limpieza con nombres raros y montones de trapos. Del bolsillo de su bata sacaba una llavecita niquelada con la que abría la puerta, cruzaba el umbral e inmediatamente cerraba tras de sí. Y durante hora y media aproximadamente no volvía a salir. Pasado ese tiempo, la señora Caraciola guardaba los utensilios de limpieza y se dirigía directamente a su habitación, y de ésta a la ducha. Así que Hugo decidió esperar en la habitación de sus padres escondido debajo de la cama de matrimonio."
"El plan salió al dedillo. Doña Caraciola entró en la habitación tarareando, se despojó de la bata con un suspiro de alivio, la dejó en la cama y se encaminó a la ducha. Hugo, por su parte, dejó de contener la respiración y sin vacilar lo más mínimo se hizo con la llavecita niquelada de la bata y salió como un rayo de la habitación sin apenas tocar el suelo. Cuando tuvo la puerta anaranjada y misteriosa a unos cinco metros de distancia dejó de correr y empezó a acercarse pasito a pasito. El corazón retumbaba en su cabeza y le sudaban las manos y la espalda. Introdujo la llave sin apenas ruido, la giró sin trabas, con una mano temblorosa asió la maneta, abrió y..."
El señor Dositeo Lenguaraz se detuvo y se tomó un tiempo estudiado de silencio para mantener la tensión. Tan sólo se oía el ruido de la bola de goma al ser comprimida por sus dedos y los niños esperábamos con los ojos tan abiertos como nuestras bocas. "... Y -continuó con cachaza- este será su ejercicio de hoy. Deben averiguar qué hay en esa habitación. Continúen con el cuento y finalícenlo con buen pulso narrativo y pulcritud".
Necesité varios minutos para asimilar toda aquella historia antes de agachar la cabeza sobre mi cuaderno y ponerme a escribir. Además, mi mente de niño de once años, atiborrada de cómics y de películas cuya calificación moral no correspondían a mi edad, era proclive a elaborar finales inesperados, macabros y truculentos. Deseché la idea de que habitaba un ser terrible que alimentar puesto que Hugo nunca oyó ningún tipo de respiración ni gruñido cuando apoyó la oreja en la puerta. Luego recordé que en una de las incursiones de Hugo por las inmediaciones del instituto, intentó entrar por la ventana sin conseguirlo, por lo que supuse que ésta estaba cubierta de ladrillos. Ese dato me dio escalofríos, ya que con toda seguridad, los padres de Hugo eran unos torturadores de una depravación ilimitada que tapiaron la ventana para evitar miradas curiosas a las aberraciones que llevaban a cabo.
Pero luego, desalentado, también desdeñé esa idea puesto que Hugo, en los días que espiaba a su madre parar elaborar su plan, nunca oyó gritos desgarradores ni estertores de agonía. Hasta que di con el final idóneo. ¡Mi desenlace era increíble! ¡Había nacido una nueva forma de contar historias! Hugo pisó la habitación prohibida y dejó de oír su antiguo mundo que dejaba atrás, para descubrir con estupor una increíble dimensión paralela a la nuestra, donde unas amazonas tetudas con bikinis del futuro disparaban armas de rayos láser, repeliendo encarnizadamente el despiadado ataque de unas plantas carnívoras con tentáculos del tamaño de rascacielos.
Muy a mi pesar, el señor Dositeo Lenguaraz no supo valorar la grandeza de mi imaginación y originalidad y me calificó con un injusto 7 de nota. No así el mediocre de Filadelfo, que obtuvo un 10 de calificación y lo único que narró fue que en la habitación de puerta anaranjada del final del pasillo del instituto no había absolutamente nada y que sólo se trataba de una ingeniosa prueba de obediencia para con Hugo. El señor Lenguaraz, por su parte, explicó que, aun alabando la creatividad de los otros finales, las historias corrientes requieren de finales lógicos, razonables y normales. ¡Y una mierda de ñu!
Ya hace mucho tiempo de aquello y aún me duele. Y cómo sé que el señor Dositeo Lenguaraz tiene una pilila larga y gorda... eso ya es otra historia.
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