lunes, 02 de noviembre de 2009
En mis tiempos de adolescente y recién estrenada mi condición de adulto, cuando mis asociados de correrías nocturnas y yo carecíamos de liquidez, nos reuníamos en casa de alguno de nosotros con la idea de emborracharnos visionando pelis de terror que nunca nos daban terror y pasarlo bien. Esto, a bote pronto puede parecer de lo más incongruente, pero todas esas producciones de cine cuya intención es la de provocar desánimo, revoltijo de tripas y miedo, nos causaban un enorme disfrute. Así fue como visionemos y nos reímos con incontables películas del género de terror, gore, asiáticas y un sinfín de títulos que no recuerdo.

Sin embargo, hace ya cinco años que vimos "Murder set pieces" y todavía permanece imborrable y latente en nuestra memoria como si la hubiera visto ayer. Aparte de que realmente no nos causó puta gracia. El celuloide en cuestión es del género gore, con lo cual pensábamos que las risas estaban aseguradas, como ya nos había ocurrido con innumerables producciones de idéntica índole. El tal Nick Palumbo, director del metraje, a diferencia de otros directores del género, quiere provocar, molestar intensamente, jodernos el día y a buen seguro que lo consigue; además de que lo hace por la cara y sin esconderse.

La película en sí carece de una historia y mucho menos de una historia sólida. El argumento versa sobre un fotógrafo de éxito de descendencia alemana residente en Las Vegas, cuyos antepasados militaron en el nazismo. El tipo se somete a las pesas; no es una masa de músculos desarrollados pero está cachas, es atractivo y le es fácil acostarse con mujeres. Lo que nadie sabe es que es un depravado asesino en serie portaestandarte de la misoginia más salvaje y bestial que cabe imaginar. Tuvo una infancia muy jodida. La única que sospecha algo es la hermana pequeña de la novia del susodicho.

Así que de momento, ya sabemos que no estamos viendo ciencia ficción, sino que el argumento, quizás algo rebuscado, previsible e incluso poco serio para los más exigentes, se basa en una premisa totalmente creíble y dolorosamente real en nuestros días. Por otro lado, metrajes del mismo género son mucho más sangrientos, repulsivos y truculentos que lo que ofrece "Murder set pieces". Pero ahí radica el gran acierto del señor Palumbo: no en lo que cuenta, si no cómo lo cuenta.

Para empezar, en esta película no hay muertes exageradas que te harían reír de puro absurdo. Como tampoco es la típica exposición ridícula de órganos humanos extraídos de sus anatomías. Nick Palumbo va más allá de todo estereotipo y haciendo alusiones misóginas, racistas y antisemitas, expone con impecable y desalmado grafismo, angustiosas escenas de mutilación, desmembramiento, necrofilia, ahogamiento, tortura y todo un aquelarre púrpura de locura siempre desde una imponente carga estética. Todo bajo una acertada y estudiada atmosfera malsana, opresiva, delirante y absolutamente enfermiza.  

Y en esas estamos: yo, que me despollo vivo con la saga de "Saw". Que bostecé viendo las dos partes de "Hostel". Que me aburrí con "Irreversible". Que me he carcajeado como nadie de montones de producciones gore, de miedo, de terror... Y recuerdo como "Murder set pieces" me hizo recuperar la sobriedad aquella noche en lugar de acrecentar mi embriaguez, me abrió de arriba abajo, extrajo mi educación, mi moral, mi apreciación sobre el bien y el mal, mis sentimientos y pisoteó todo hasta hacerlo añicos.

Con esta película no se disfruta, se sobrevive. Y yo os adoro demasiado, chicas.

Tags: Película, sensibilidad, sangre, jodienda.

Publicado por antidogmas @ 19:31
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viernes, 30 de octubre de 2009
Querido y alelado viajero: próxima estación: mi choncro habla idiomas.
Publicado por antidogmas @ 14:54
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lunes, 26 de octubre de 2009
No paseaban estrellas en el cielo. La oscuridad devoró a la luna y la noche semejó un ojo frío y horrible de cuya densa mirada era imposible escapar. Era aquella clase de noche, húmeda y profunda como la boca de una puta en plena decadencia. Las fosas nasales se obturaban con los efluvios resultantes de la actividad unificada de dos anatomías correosas y repugnantes: la suya y la mía. Y la noche era el único dios de todo y dejó de existir algo bello en el mundo.

No supe en ningún instante dónde estaba ni cómo llegué hasta allí; hasta ella. Desde ningún lugar, zigzagueé a tientas hasta tenerla tan próxima que mis pómulos eran acariciados por su respiración agitada. Sentí su piel gélida debajo de la mía; delante de la mía; encima de la mía, bebiendo de su boca helada e inhalando los hálitos de su corazón según su cadencia. Ella orquestaba la danza de nuestros cuerpos a voluntad, tratándome como su pertenencia.

Susúrrale tu nombre, me dije, y pronunciará tu nombre, pensé. Desconocía si sus fuerzas desfallecerían o su vigor sería inagotable. Pídele poder mirar su cara en un fugaz instante de luz, pensé, y ámame y fóllame eternamente como a ningún hombre, le supliqué. Y despegó su torso apoyando sus manos en el mío; arqueó la espalda hacia atrás y sus uñas se clavaron en mí y rió. La sangre brotó, y su carcajada nació como un rumor de piedrecillas barridas por el viento y se acrecentó en una ubicuidad atronadora como si la tierra se estuviera resquebrajando en dos.

Dejé de sentir su cuerpo de témpano durante unos segundos. El pecho me escocía y la sangre se deslizaba en finos regueros mezclándose con el sudor de mi cuerpo. Y ocurrió que de la oscuridad surgieron sus ojos más allá de mis pies. Y al tiempo que se acercaban, supe que aquella mirada que no parpadeaba era la última cosa que contemplarían los míos. En medio de aquella impenetrable nada oscura, solo, abandoné la cordura de mis sentidos rindiéndome a esa mirada que reptaba terrible por mis piernas hasta mi pecho herido, que apagarían los ríos de lava que surcaban mis venas y sofocaría el infierno de mi polla reventada.


Tags: Fiebre alta, deliro, estar malo de narices.

Publicado por antidogmas @ 19:34
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miércoles, 21 de octubre de 2009
El erotismo es el teatro fraudulento del sexo: burdo, risible y extremadamente irreal, pues nunca estuvo ni estará vivo como corresponde  al acto sexual verdadero. Ni fue ni será espontáneo y explícito como lo son los deseos. Los verdaderos deseos.

El erotismo se burla de vosotros.
Publicado por antidogmas @ 22:15
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domingo, 18 de octubre de 2009
Empiezan el día retrayéndose en una vida ficticia que desgranan párrafo a párrafo en espacios en blanco. Porque sólo cuando escriben, sus corazones resucitan de nuevo y sus letras gritan como mil gargantas implorando ser escuchadas. Y se funden a otros latidos y tantos hay como estrellas visten el firmamento. Y sabiéndose muertos en vida, acaban el día escrutándose en el espejo, intentado entender cuándo dejaron de conocerse así mismos. Preguntándose en silencio por qué la imagen del cristal es un extraño que los observa con igual intensidad y aterrador desprecio. Y mañana, otra vez sin respuestas, regresarán a ese espacio en blanco donde nadie sabe que son un hálito gélido tras un sinfín de penas. A su vida irreal donde se sienten ubicados con un propósito al cual asirse. A esos momentos escritos que serán inmortales; a esos suspiros fugaces vertidos lágrima a lágrima, que como jirones se desgarran de sus almas vacías de puro descontento con la realidad.

Su realidad.
Publicado por antidogmas @ 22:55
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jueves, 15 de octubre de 2009
Aunque harto complicado, si tuviera que simplificar al máximo los impulsos que mueven nuestra existencia, desde que abandonamos el útero con el primer llanto hasta que nos convertimos en malolientes despojos para los gusanos, los englobaría entre los que me gustan, los que me disgustan y los que me causan indiferencia.

Si algo me agrada me hará reír y ser feliz: me sentiré a gusto; incluso me hará amar y querer, y en el mejor de los casos me correré. Y a ti no tiene porqué gustarte; y lo que a mí me atiborra de dicha quizás a ti te provoque tanto asco que comprenderás que toda la escoria acumulada en tus entrañas necesita ser vomitada.

Por el contrario, aquello que logre disgustarme me cabreará y ofuscará de ira. Odiaré y maldeciré, y si no tuviera escrúpulos y sí la conciencia en el culo como otros el cerebro, arrancaría algún corazón, descabezaría a alguien y me quedaría tan colmado como cuando soy feliz y me corro, pero en el bando de aquellos de los que nadie quiere saber una mierda. Y a ti puede que el pecho se te abra de la risa y las carcajadas se derramen a borbotones.

Cuando algo me produce indiferencia a menudo deviene en hastío y siento deseos imperiosos de explotar burbujas de embalaje o mascar chicle. Y esta personal simplificación de la vida no tiene porqué ser la de los demás, la del resto ni la tuya. Como tampoco las razones por las cuales crees que la vida merece ser vivida tienen que ser las mías. Porque mis razones no pasan por un bello poema recitado con voz de putero; ni por aquel libro que te hizo estremecer y lo consideras parte de tu alma; ni por aquella música excelsa que erizó tu vello; ni por aquel cuerpo que amaste como un secreto prohibido en multitud de masturbaciones adolescentes...

... Y podría continuar hasta provocarte el llanto de pura desesperación y desertizar tu lagrimal y dejarlo yermo, y ni siquiera habría arañado la inimaginable capa de razones que nos unen... que nos separan... que nos enfrentan. Porque digo y diré más y digo que todo lo creado por el hombre está sometido a juicio por él mismo aun sin pretenderlo, y nada de nada de nada escapa a una valoración ya sea objetiva, constructiva, positiva, negativa...

De no haber simplificado en exceso, podría haber elucubrado sobre aquellas cosas que hacemos aun disgustándonos, o de aquellas que nos gustaría realizar y tan sólo soñamos. Por lo que se refiere a las preferencias, ante la disyuntiva de tener que optar entre el menor de dos males con idéntico resultado, prefiero morir desgarrado por un felino noble y hermoso que pateado por un burro o devorado por un gorrino. De la misma manera abrazo la irreverencia y el rechazo del per se como atributo intrínseco e indiscutible de algo a ser un insoportable imbécil sin criterio.

Os quiero mucho. 

Tags: Gusto, opinión, me gusta, no me gusta.

Publicado por antidogmas @ 2:38
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lunes, 12 de octubre de 2009
Mi antiguo profesor de letras, el señor Dositeo Lenguaraz, maniático del ajedrez, calzaba un pene largo y grueso, no así como su escasa imaginación, por lo cual intuí que la historia que nos presentó como ejercicio provenía de una sesera que no era la propia.

"Señoritos, vuelvan de donde quiera que estén y presten atención. Voy a narrarles una historia inconclusa de la cual ustedes deberán extraer una conclusión". Por aquellos tiempos lejanos los profesores con gafas de pasta y de cipote grande eran diplomáticos en extremo y te trataban de usted. El señor Lenguaraz paseaba entre los pupitres con superioridad desdeñosa, como quien camina por un terreno de su propiedad controlando sus pertenencias. Paso a paso fue desgranando el cuento.

"Hubo una vez un niño llamado Hugo que contaba con once años de edad, más o menos la edad que tienen ustedes en este momento. El padre de Hugo se llamaba Herófilo y trabajaba como conserje en este mismo centro de enseñanza y la madre, de nombre Caraciola, se ocupaba de las tareas de limpieza además de las del hogar. Los tres vivían en el piso del instituto que correspondía a los conserjes y el mozalbete, Hugo, en su condición de hijo único y por consiguiente consentido y mimado, tenía permitido jugar por todas las dependencias del instituto, con la única condición de no entrar, bajo ninguna circunstancia, en la habitación que se encontraba al fondo del pasillo".

"Al principio, a Hugo no le interesaba demasiado lo que pudiera haber tras aquella puerta anaranjada. De hecho, cuando nos acostumbramos a acatar según que prohibiciones por extrañas e incomprensibles que parezcan, terminan por convertirse en lógicas y cotidianas. Sin embargo, con el transcurrir de los días, Hugo empezó a sentir un interés creciente por lo que podría haber en aquella habitación. Día tras día, el bueno de Hugo se preguntaba qué misterio esconderían aquellas cuatro paredes que incluso sus padres le vetaban la entrada, a él, a su propio hijo. Debía tratarse de algún secreto absolutamente horrible e inconfesable. O quizás lo protegían de alguna criatura monstruosa y hambrienta".

"Al final de sus exploraciones por el instituto, siempre acababa delante de la puerta prohibida. Se la quedaba mirando largos minutos, con la cabeza levantada y la boca abierta como quien contempla a un coloso. La tocaba con sus manos abiertas y diminutas e incluso pegaba la oreja esperando percibir algún sonido. A veces, cuando la curiosidad era insostenible, escrutaba por el ojo de la cerradura con fijeza, ladeando la cabeza intentando encontrar un ángulo apropiado que le permitiera descubrir algo que no fuera aquella impenetrable negrura. Y otras, salía a la calle intentando entrar por la ventana de la dichosa habitación sin éxito. Hasta que un día, fatigado de investigaciones infructuosas, decidió urdir un plan y desentrañar el enigma de una vez por todas".

En este punto de la narración, el señor Dositeo Lenguaraz interrumpe su narración y observa complacido a la enmudecida clase, al tiempo que extrae de su bolsillo una bola ergonómica de goma de densidad media para ejercitar los dedos. Con la parsimonia de saber que nos tenía sumergidos en la historia, el señor Lenguaraz prosiguió con la narración y su paseo por entre los pupitres a la vez que ejercitaba sus falanges.

"Doña Caraciola era la única persona que entraba en la habitación del fondo del pasillo. Todos los sábados de todos los meses, la señora Caraciola se pertrechaba de escoba, recogedor, fregona, cubo, lejía, productos de limpieza con nombres raros y montones de trapos. Del bolsillo de su bata sacaba una llavecita niquelada con la que abría la puerta, cruzaba el umbral e inmediatamente cerraba tras de sí. Y durante hora y media aproximadamente no volvía a salir. Pasado ese tiempo, la señora Caraciola guardaba los utensilios de limpieza y se dirigía directamente a su habitación, y de ésta a la ducha. Así que Hugo decidió esperar en la habitación de sus padres escondido debajo de la cama de matrimonio."

"El plan salió al dedillo. Doña Caraciola entró en la habitación tarareando, se despojó de la bata con un suspiro de alivio, la dejó en la cama y se encaminó a la ducha. Hugo, por su parte, dejó de contener la respiración y sin vacilar lo más mínimo se hizo con la llavecita niquelada de la bata y salió como un rayo de la habitación sin apenas tocar el suelo. Cuando tuvo la puerta anaranjada y misteriosa a unos cinco metros de distancia dejó de correr y empezó a acercarse pasito a pasito. El corazón retumbaba en su cabeza y le sudaban las manos y la espalda. Introdujo la llave sin apenas ruido, la giró sin trabas, con una mano temblorosa asió la maneta, abrió y..."

El señor Dositeo Lenguaraz se detuvo y se tomó un tiempo estudiado de silencio para mantener la tensión. Tan sólo se oía el ruido de la bola de goma al ser comprimida por sus dedos y los niños esperábamos con los ojos tan abiertos como nuestras bocas. "... Y -continuó con cachaza- este será su ejercicio de hoy. Deben averiguar qué hay en esa habitación. Continúen con el cuento y finalícenlo con buen pulso narrativo y pulcritud".

Necesité varios minutos para asimilar toda aquella historia antes de agachar la cabeza sobre mi cuaderno y ponerme a escribir. Además, mi mente de niño de once años, atiborrada de cómics y de películas cuya calificación moral no correspondían a mi edad, era proclive a elaborar finales inesperados, macabros y truculentos. Deseché la idea de que habitaba un ser terrible que alimentar puesto que Hugo nunca oyó ningún tipo de respiración ni gruñido cuando apoyó la oreja en la puerta. Luego recordé que en una de las incursiones de Hugo por las inmediaciones del instituto, intentó entrar por la ventana sin conseguirlo, por lo que supuse que ésta estaba cubierta de ladrillos. Ese dato me dio escalofríos, ya que con toda seguridad, los padres de Hugo eran unos torturadores de una depravación ilimitada que tapiaron la ventana para evitar miradas curiosas a las aberraciones que llevaban a cabo.

Pero luego, desalentado, también desdeñé esa idea puesto que Hugo, en los días que espiaba a su madre parar elaborar su plan, nunca oyó gritos desgarradores ni estertores de agonía. Hasta que di con el final idóneo. ¡Mi desenlace era increíble! ¡Había nacido una nueva forma de contar historias! Hugo pisó la habitación prohibida y dejó de oír su antiguo mundo que dejaba atrás, para descubrir con estupor una increíble dimensión paralela a la nuestra, donde unas amazonas tetudas con bikinis del futuro disparaban armas de rayos láser, repeliendo encarnizadamente el despiadado ataque de unas plantas carnívoras con tentáculos del tamaño de rascacielos.

Muy a mi pesar, el señor Dositeo Lenguaraz no supo valorar la grandeza de mi imaginación y originalidad y me calificó con un injusto 7 de nota. No así el mediocre de Filadelfo, que obtuvo un 10 de calificación y lo único que narró fue que en la habitación de puerta anaranjada del final del pasillo del instituto no había absolutamente nada y que sólo se trataba de una ingeniosa prueba de obediencia para con Hugo. El señor Lenguaraz, por su parte, explicó que, aun alabando la creatividad de los otros finales, las historias corrientes requieren de finales lógicos, razonables y normales. ¡Y una mierda de ñu!

Ya hace mucho tiempo de aquello y aún me duele. Y cómo sé que el señor Dositeo Lenguaraz tiene una pilila larga y gorda... eso ya es otra historia. 

Tags: Historia, narración, texto, cuento, ejercicio.

Publicado por antidogmas @ 12:41
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jueves, 08 de octubre de 2009
A mis ojos de niño, la ciudad siempre me pareció una esperpéntica fábrica de sueños que se tornaban pesadillas horribles. Recuerdo observarla a contraluz, ensimismado y descubrir en ella transparencias que delataban tumores y feas deformidades; un algo sucio y desagradable que respiraba y que componía su basto y loco entramado de hierro, hormigón y escoria. Cayeron los días y llegó uno en el cual aprendí a bailar en un submundo de realidad inconcebible y de sadismo enloquecido. Fue en ese preciso instante cuando los sueños parecieron inalcanzables y las pesadillas peinaron las calles hasta hundirse en todos los recovecos de la ciudad.

Ahora no es diferente de ayer. Allí donde la vista cae, una pomposidad babilónica se erige por encima de todo hasta embotar los sentidos y emborrachar los sentimientos; todo descomponiéndose desorbitadamente bajo maquillaje barato, verborrea, pompas, mortajas, exequias y un bulímico atracón de oscura vida devorándose ella misma. Llegados a tan negros términos, diríase que estoy preso de una sustancial amargura y pesimismo fruto de la inevitable decadencia de la era contemporánea. Pero no es así; o sí, no sé. A todo buen optimista le queda el pálido consuelo de la negación de la realidad y al pesimista la amargura de ser consciente del mundo que le rodea.

Pero yo, por aquello de abogar a mi propio individualismo, opto por meterme en el saco del paranoico pasivo, que como dijo no sé quién, son aquellos que perciben el mundo que les rodea a un nivel superior al normal. Después de estar dándole vueltas a tal concepto creo que esclarecí algunas características. El optimista se aleja de la realidad evocando imágenes de paisajes idílicos; flores atiborrando toda la faz de la tierra; dedos angelicales acariciando arpas y películas siempre con final feliz. El pesimista, por el contrario, no sueña ni cierra los ojos: contempla bellas explosiones nucleares en atardeceres veraniegos; se duerme con una lluvia de estallidos de bombas mutilando todas las curvas de la tierra y cree que somos el experimento fallido de un Hacedor demente y cachondo.

Y yo observo el mundo a contraluz y lo único que me viene a la cabeza es la imagen de Irene calientapollas.

Tags: Optimista, pesimista, paranoico, mundo, contraluz.

Publicado por antidogmas @ 4:06
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