Yo no sé mucho de Santos Cristos, y mi concepción de éstos, probablemente más que chocar, se estrella contra las creencias de los que se arrodillan ante los Santos en actitud orante. Pero lo que descubrí no hace mucho, dudo que lo conozcan incluso los que más saben sobre estas cosas.
Un tipo barbudo de aspecto rudo y con una moto imponente, tenía en la espalda dos tatuajes. En el omoplato izquierdo, llevaba impreso de forma exquisita y con todo lujo de detalles y colorido, la vagina de un cerdo vietnamita; sería cerda, obviamente. La vagina del noble animal, curiosamente, debido a las bombas atómicas de mitad del siglo pasado, sufrió sorprendentes mutaciones y actualmente, lo que antes era una vagina de cerda, ahora es una bella y delicada orquídea.
Las vaginas mutadas a orquídeas de esta singular especie de cerdas, resultan tan atractivas, delicadas y bonitas, que la gente que se lo puede costear, las diseca para exhibirlas con orgullo encima de la tele o en la solapa a modo de broche, haciendo gala del morbo más guarro y mezquino que cabe imaginar. Bien mirado, el tatuaje era adictivo para la vista; tenía un no sé qué.
En el omoplato derecho, el tatuaje presentaba la infame imagen del Santo Cristo del Recto Goloso. Un Cristo que en lugar de estar ante el público -como todos- para sometimiento y humillación del ignorante, se encontraba ante la cruz con el culo en pompa y un gesto obsceno en la mano izquierda. En la cabeza llevaba una gorra muy llamativa, idéntica a las que portaban con prepotencia los uniformados mandos de las SS. El tatuaje no era tan nítido y preciso como el de la cerda; según me contaron, el dibujo se lo tatuó el furriel de la 4ª de artillería de los regulares de Logroño, también llamada "La impertérrita" o "La impávida".
El caso es que el tatuaje se realizó en una dura y frenética sesión de enculamiento de novatos, y claro, como era de esperar, el dibujo le salió algo movido.