domingo, 05 de octubre de 2008
Como cada noche hasta el amanecer, la mujer de pelo largo y revuelto deglutía una tras otra una espumosa cerveza en la mesa contigua a la del muchacho de mirada nerviosa. A cada sorbo, la mujer, entre quedos sollozos, escuchaba aquella condenada canción de fondo con la cual perdió toda inocencia y virginidad. La evidente timidez del muchacho contrastaba con la oscura sordidez del antro mal iluminado. Aquí y allá, de las mugrientas paredes colgaban cuadros descoloridos de personas desnudas en actitudes grotescas; las sucias baldosas rezumaban charcos malolientes; colillas a medio apagar que humeaban y muecas de pocos amigos entre las sombras.

Allí estaba ella, una ramera de alma temblorosa que maldecía su vivir en la tierra con el corazón tan roto como su coño. Aquella mujer no desentonaba en absoluto con el insalubre y ponzoñoso paisaje y lloraba sobre una mesa que cojeaba, bebiendo del mismo vaso una y otra vez, mientras sentía removerse sus tripas y se cagaba hastiada por el recuerdo hiriente de un viejo amor que nunca se iba. El muchacho tímido intentaba atraparla de reojo en un súbito alarde de valor que le era complicado detener. Tenía sólo dieciséis años y la puta sobrepasaba claramente la cincuentena. No recuerda cómo o qué fue lo que le condujo hasta allí; quizá la voraz apetencia de sexo que padece  todo adolescente que se precie... En cualquier caso, era un futuro hombre y a esa edad no existe la selectividad ni las manías.

El muchacho estaba decidido y le embargaba el atrevimiento, incluso no le importó que las incesantes lágrimas de la furcia estuvieran a punto de colmar un vaso antes lleno de cerveza tibia. Armado de valor, con la impetuosidad propia de la juventud, se acercó, se colocó frente a ella, y después de liberar el infierno de su bragueta dejó caer el pene sobre el arrugado mantel granate de la mesa.

Su pene rebotó. Era largo y resaltaba ofensivo en una vigorosa erección que padecía imperceptibles temblores de deseo. La mujer de pelo largo y revuelto, con un último sorbo amargo se lo llevó ávida y torpemente a la boca. De la sorpresiva emoción descuidó los testículos, los cuales quedaron soportando el incómodo frío del bar colgando de los calenturientos y borrachos labios de la mujer de pelo largo y revuelto como dos lastimosos huérfanos desvalidos.

Aquella noche acaeció una tormenta de fuerza virulenta y portentosa. Los truenos hicieron temblar cimientos y hasta las mismísimas raices de los arboles se removieron inquietas.

Los rayos dibujaron en un cielo negro escenas de pesadilla sobre una puta muerta en vida y un joven que empezaba a vivir.

Tags: puta, sexo

Publicado por antidogmas @ 22:07
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Publicado por Zafferano
lunes, 06 de octubre de 2008 | 21:53
Y no me canso de decirlo Anti: lo tuyo son las descripciones. Todavía me acuerdo de una de cuando empecé a leerte, que hablaba del desierto. Por cierto! ya pude entrar a Ya! Y vi que dejabas esta dirección! En fin, que si no me avisas me hubiera perdido unos cuantos posts. Supongo que existe el plural... y ahora me voy a cenar, que ya es hora. Voy a intentar no acordarme de tu descripción, por lo menos mientras ceno...

Un beso muy muy grande!Chica