jueves, 16 de octubre de 2008
En alguna ocasión todos hemos tenido que acudir a eventos y actos sociales de los cuales preferiríamos no hacer acto de presencia. Ya sea por razones laborales de tu cónyuge que tiene un trabajo importante y de nivel; ya sea porque algún familiar o amigo de toda la vida trabaja en la política y has de estar presente...  En cualquier caso, a veces nos vemos abocados a representar un papel en algún momento dado de nuestra vida o en más de uno.

Hay varias formas de eludir compromisos, como por ejemplo fingir mal estar o enfermedad. Pero no es un remedio definitivo, no obstante, sí existen ciertas tácticas y conductas para crear el rechazo total, aplastante e infinito de tu persona en cualquier evento social o público venidero si tienes la osadía de ponerlas en práctica.

Todo evento social y por consiguiente, casposo, empieza por las presentaciones. El aburrimiento y el tedio empezarán a adueñarse de ti a una hora muy temprana, incluso antes de que llegues al sitio requerido, y, una de dos:  o aguantas con resignación hasta que finalice o pones en práctica una de las técnicas que ahora te muestro para que jamás te vuelvan a citar a tales encuentros.

Cuando el anfitrión con sonrisa de burgués se acerque a ti para saludarte, besarte o chocarte la mano, ya sea alcalde, político, juez, inspector de policía, etc., deberás corresponderle con un potente y huracanado estornudo en plena cara, a poder ser, acompañado de abundante mucosidad.

Serás a partir de ahí objeto de apasionados cotilleos, susurros y miradas soslayadas. Después de las presentaciones cutres y vergonzantes, siempre dibujando una sonrisa forzada en la jeta, llegará la hora del aperitivo. Ahí no hay ningún secreto ni técnica a seguir. Come de la manera más repulsiva posible. Y en cada plato donde veas que sólo queda una sola pieza para comer -la de la vergüenza se suele llamar-, como que tú, vergüenza no tienes -o al contrario, eres el que más tiene porque nunca la gastas-, te la comes con desespero, empujando al resto de comensales, sin esconder en absoluto tu fruición deviniendo en extrema agonía.

A continuación, llegará la comida y probablemente nadie quiera sentarse a tu lado. En el momento en que a alguien se le ocurra desear que aproveche, como mandan los buenos modales y la educación, tú te tiras un pedo, si es posible, que sea maloliente antes que sonoro, de aquellos que hacen un hedor tan denso y profundo que obligan a que la cara de expresión más pétrea se arrugue en un rictus de asco evidente. No digas, obviamente, que has sido tú, ponte a echar escupitajos del tamaño de sapos o a hurgarte la nariz como si no fuera nada contigo.

Ahora ya eres víctima de miradas de odio florido y toda la chusma encorsetada allí reunida, están maldiciendo a todos tus antepasados y el día que te cruzaste en sus vidas de manera tan abyecta. Si resulta que los allí presentes son más duros de lo que pensabas y no te invitan a irte, te levantas y pides perdón sincero mientras te suenas con un pañuelo lleno de roña y detritus; mejor que esté acartonado, y si escapa alguna extraña alimaña del pañuelo mientras lo sacas, mucho mejor. El efecto deseado será devastador y convincente.

Increíblemente, si aceptan tus disculpas pero deseas irte porque la desazón y el hastío están acabando con tu cordura más que tú con el resto de invitados, realiza un sonoro y prolongado eructo acompañado de un enérgico vómito que has de repartir como buen samaritano entre todas las caras de estupefacción de los comensales. Indudablemente, no te pedirán amablemente que te vayas pues los que reaccionen más pronto ante tales actos incorrectos de barbarie gastronómica tratarán de lincharte, apalizarte y romper todos y cada uno de tus miembros.
 
Una vez hayas escapado te convertirás en una leyenda urbana. Jamás volverán a invitarte a un evento social o público aunque seas la mujer o marido de una persona que ostenta un importante puesto en la maquinaria de estado. Las consecuencias colaterales y sentimentales derivadas de tan canallesca actitud van a cuenta tuya, pero pronostico que serás rechazado por la mayoría de tu familia que se sentirá tremendamente defraudada. Dejarás de ser el nieto preferido de los abuelos, y éstos, sólo desearán enderezar tu comportamiento hijoputa a golpe de "gallao".

Ni que decir tiene que tendrás que mudarte a otro pueblo o ciudad, pero podrás gozar de plena libertad y aunque rechazado por todas las personas civilizadas y educadas que formaron parte de tu vida, nunca más tendrás que representar un papel.

No te querrán ver ni en los mangos de los paraguas.

Tags: Educación, modales

Publicado por antidogmas @ 0:58
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Publicado por Zafferano
lunes, 20 de octubre de 2008 | 20:41
jajaja! Pues me da que a medio espectáculo los que se van son el resto de los invitados!
Qué poco me gustan los actos sociales y las cenas y comidas de trabajo... Por eso no voy nunca!

Besos lindura!Helado