Aquel día de mal agüero, un viento capaz de derrumbar montañas azotaba implacable las embravecidas aguas del mar. Las olas se alzaban poderosas para alcanzar las oscuras nubes que de un momento a otro descargarían su furia contra la tierra. Era otro día más en la historia de los hombres. Las nubes rugieron y con las primeras gotas de lluvia, como si el cielo comenzará a llorar por lo que iba a ocurrir, el día quedó envuelto en un abrazo opresor de rojo, guerra y muerte.
Después de largas horas de lucha cruenta, lejos de la majestad de las olas, una lluvia torrencial se derramaba como un manto sobre un descampado sembrado de millares de muertos. Uno de los pocos sobrevivientes, tambaleante, observaba enmudecido la masacre. Hace tiempo aprendió que un hombre puede morir de un certero golpe de espada o brutalmente desgarrado por una criatura salvaje. Con el paso de los años, mientras se hizo adulto, saboreó la agridulce gloria de la batalla, de la sangre vertida a borbotones del enemigo, del violento entrechocar del acero, del resoplar de los caballos y los gritos de coraje encomendándose a los dioses...
Pero hoy aprendió que también hay fatiga y abatimiento... abatimiento del cuerpo... abatimiento del alma... Heridas que ni siquiera las tiernas caricias de perfumadas fulanas pueden curar. Ante tanta desolación se siente, más que un guerrero, un simple mortal manejado por fuerzas primigenias que no entiende.
El guerrero deja caer su espada y cae de rodillas en el barro, alzando su mirada a la brutal inclemencia de la tormenta ofreciendo su torso herido con los brazos extendidos. Sin reprimir las lágrimas y mirando al cielo pregunta: ¿cuándo cesará el reino de la sangre? El tronar de las nubes hacía temblar la tierra. El agua arrastraba consigo el hedor a decadencia y carne mutilada; los rayos dibujaban en un cielo oscuro de pesadilla la cruel historia de los hombres y al instante supo la respuesta.
Nunca mientras la raza dure.
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