Hierve mi sangre en deseos de odiarte, pero sería deshonesto e hipócrita por mi parte. Todas las células de mi ser se revuelven de asco al tener que aceptar que una vez llegué a ser igual o peor que tú, porque yo también fui infiel a la persona que amé, creyéndome, ahora lo sé, falsamente superior, mirándola desde arriba, cuando siempre estuve muy por debajo de su exquisita sencillez, de su bella simplicidad.
Ya han transcurrido tres años desde que le engañé contigo y como has comprobado, ni lo fui ni seré nunca una estúpida oveja baladora más escupidora de halagos como ese triste séquito de tíos a los que seduces y te rinden bochornosa y abyecta pleitesía.
Me parece muy bien que te sientas la más deseada por cuantos te rodean, probablemente sea así, pero se hace patente contigo que la masa no es nunca lo especial y selecto, y tú, lo sé bien, no eres ni una cosa ni otra. Yo te conozco, o mejor, te conocí una vez, alardeando con arrogancia de tu posición social. Despreciando cual tirano al que tiene menos y burlándote abiertamente de quien no poseyera un cuerpo cautivador que casi roza la perfección como es el tuyo. Cuando tu vida no es más que un culebrón guarro salpicado de actos oscuros e inconfesables que muchos no osarían ni escribir en una bitácora anónimamente.
Sigues siendo tremendamente atractiva. La naturaleza te dotó de una fascinante belleza exterior y evoco, de repente, todas las veces que follábamos hasta quedar rendidos y totalmente exhaustos y siento que querría volver a acostarme contigo…no sin antes ponerte una almohada sobre la cara para así no vomitar.
Qué alivio me supuso el comprobar por fin que ya no me llamabas al móvil. Que dejaste de dar el coñazo; que aceptaste con forzada resignación que nunca lograrías subyugarme como a otros tantos calzonazos de mierda; que entendiste que no todos los hombres pueden enamorarse de ti, y de que pese a que fui igual o peor que tú existe el amor propio.
Sé que lo pasaste mal, lo sé, pero estas letras no son una disculpa ni están escritas desde el rencor o el arrepentimiento, pero ¿ves? Siento venenoso regocijo cuando pienso que tuviste que tragar con amargura dosis de tu propia medicina, como si de alfileres en tu garganta se tratara, y es que alcancé a ser igual o peor que tú y eso me da asco. Y hoy te vi.
Te vi, y me hubiera gustado acercarme a ti, posar delicadamente mis manos sobre tu cabeza, escrutar en tu mirada y tratar de encontrar esperanzado algún leve destello de eso que tanto te falta: humildad.
Obviamente, es algo que no sucederá.
Ni tú te acercarás a mí, ni yo permitiré que lo hagas.
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