jueves, 06 de noviembre de 2008
Mientras preparaba la comida tomó conciencia de lo rápido que transcurre el tiempo. No obstante, todavía era demasiado pronto para considerarse una anciana y sin embargo, desde que empezó el invierno el dolor en las articulaciones ya se había convertido en perenne. Cada vez se agotaba más pronto ante cualquier esfuerzo que tuviera que realizar, sentía como le atenazaban la espalda los dolores propios de una vejez naciente  y sabía que la vitalidad de antaño desaparecía con la misma hipnótica facilidad con que desaparece el aire de los pulmones al ser exhalado en una fría mañana de enero.

A poco más de metro y medio, el muchacho permanecía sentado con los dedos de ambas manos apoyados en el borde de la mesa de la cocina, clavándole la mirada con un semblante impertérrito. Tras los gruesos cristales de las gafas, los ojos tenían un brillo incómodo, casi malsano. Afuera arreciaba un viento feroz y el día estaba encanecido.

-Ya está preparada tu comida preferida cariño. Leche y huevos revueltos.
-Gracias, mamá.

La madre se quedó de pie como si esperara un gesto afectivo o de aprobación, una señal de agradecimiento, pero el muchacho, tan pronto el plato de comida tomó contacto con la mesa empezó a comer tranquilamente sin prestar la más mínima atención a cuanto le rodeaba. Esto no sorprendió a la madre y en cierto modo sabía lo que significaba, y como otras tantas veces, una inquietante y conocida sensación de alarma volvía a martillearle la sien. El silencio en la cocina se tornó ubicuo, casi podía notarlo como miles de filamentos en máxima tensión apunto de quebrarse.

-¿Te gusta hijo? -preguntó mesándose las manos nerviosas.
-Sí, mamá -contestó sin mirar.
-Entonces no me harás volver a la cueva esta noche ¿eh? No quiero volver allí.

El muchacho siguió comiendo sin alzar la vista del plato. Masticando pausadamente, disfrutando cada bocado.

-¿Recuerdas cuando yo era pequeño, mamá? ¿Recuerdas la de veces que me apalizabas cuando no sacaba buenas notas en el colegio? ¿Recuerdas que de un empujón me encerrabas en el cuarto trastero con mis libros y no me dabas de comer hasta que no había estudiado ocho horas? ¿Recuerdas que te gritaba implorándote que me dejarás salir hasta quedarme sin voz? ¿Recuerdas que un día olvidaste abrirme y me quedé encerrado durante cuatro días y casi me muero? ¿Te acuerdas, mamá?
-Sí...Hijo, sí. Me acuerdo... -alcanzó a contestar llevándose una mano a la boca para contener el sollozo.

El muchacho acabó su plato de huevos revueltos. Sólo entonces levanto la cabeza intensificando la mirada contra quien tenía delante. Torció la boca en un débil gesto de satisfacción y sus ojos se encogieron como si detrás de ellos se estuvieran gestando sombríos e inenarrables planes de venganza.

-Irás a la cueva, mamá.

 

Tags: Madre, hijo.

Publicado por antidogmas @ 1:57
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Publicado por Desfaenado
lunes, 10 de noviembre de 2008 | 15:27
Ay, si me tuviera que vengar...!

Un beso precioso...Divertido