Durante innumerables días y noches me codeé con el afamado y a la vez denostado doctor Trauman Pollotein. Él me eligió para ser su ayudante en el insólito periplo viajero que deseaba llevar a cabo. Para ser exactos, todos los que antaño bebieron de sus valiosas enseñanzas le dieron la espalda; todos salvo yo, que era lo suficientemente loco como para embarcarme con él en tan peculiar odisea.
El larguísimo periplo viajero del doctor Pollotein logró financiarse gracias a las cuantiosas ganancias obtenidas del tráfico de peyote adulterado y absenta con tuyona de altísima calidad. El viaje consistía, básicamente, en penetrar vaginal o analmente a todas las mujeres de la tierra que nos entraran por el ojo y en última instancia, si no era posible lo anterior, llevar a término las penetraciones pagando.
Así fue como frecuenté con él la mayoría de los burdeles que pueblan occidente y parte de oriente, pues pocas mujeres optaron acostarse con nosotros si no había dinero contante y sonante de por medio. Ya fuera en coche, tren, avión y cualquier medio de transporte imaginable, los kilómetros eran devorados al mismo ritmo frenético que el dinero esfumándose en bebida y mujeres de dudosa reputación. Yo no cesaba de anotar en mis viejos cuadernos de notas todas las sorprendentes impresiones y descubrimientos que asomaban a nuestros ojos.
El cuaderno uno rezaba: impresiones de follar pagando y sin pagar con españolas. El dos lo mismo pero con féminas portuguesas, y así sucesivamente hasta copular por toda Europa. Evitábamos los países donde acaecían serios conflictos bélicos, por lo que en poco más de cinco años reuní casi doscientos cuadernos y cubrimos parte del mundo conocido retozando alegremente con mujeres de diferentes culturas y etnias.
De regreso a nuestro país de origen, mi admirado doctor Trauman y yo desarrollamos un extraño e incomprensible mal. Para no explicarlo en complicada jerga médica, basta decir que se apoderaba de nosotros una irrefrenable atracción pasional por los libros; no la atracción que siente la persona que es una ávida lectora, sino una atracción sexual. Aborrecimos a las mujeres y cubríamos nuestra necesidad hormonal con los libros que portemos para el viaje.
Cada noche, antes de acostarme, me decantaba por un libro y al contemplarlo me ponía cachondo. Lo cogía y empezaba a tocarlo, a manosearlo; inundaba mi nariz con el olor a página virgen que tienen los libros nuevos y empezaba a lamer los vértices de las tapas duras, mientras que el doctor Pollotein, lejos de los preliminares que yo realizaba, se los follaba página a página, capítulo a capítulo, sin paradas, sin titubeos ni remordimientos.
Hoy en día, el doctor Trauman Pollotein y yo seguimos padeciendo tan increíble dolencia, pero mientras se escriban libros dignos de ser leídos nos encontraremos a salvo. El doctor Trauman reunió en una suerte de tres tomos todas las anotaciones que pude reunir, debidamente razonadas, estructuradas y pulidas. La conclusión final del doctor Trauman causó estragos a la vez que una enorme ola de subversión.
Vino a decir algo así como que las mujeres que puedes penetrar por dinero son prostitutas y el resto, putas.
El mundo, como a los grandes genios siempre incomprendidos, nunca se lo perdonó.
Tags: Doctor, viaje, mujeres, libros, follar.