jueves, 20 de noviembre de 2008
Toda persona, ya fuera de manera fortuita o por incomprensibles sesgos del destino que llegó a conocer a Hosseini Gun-Afta, coincidió en su fuero interno como yo, que si existe alguna divinidad, ésta, caprichosa e inalcanzable en sus propósitos para los meros mortales, dotó al marroquí antes citado de una habilidad tan curiosa y extraordinaria que bien merece una mención en esta mediocre bitácora donde casi todo tiene cabida.

El gran Gun-Afta o gran fenómeno Afta -como le llamaban los foráneos y no foráneos del lugar- se crió con leche de cabra debidamente racionada junto con 5 hermanas más en una humilde aldea constituida por débiles construcciones de arcilla. Que a su vez, formaban polvorientos caminos donde se derramaba inmisericorde un sol desalmado que al parecer sólo eran capaces de soportar millares de moscas tocacojones. Aquel lugar tan inhóspito para mí se denominaba Ait Kamra.

Pese al calor sofocante, decidí salir de la sombra que me cobijaba y me aproximé con creciente curiosidad a una numerosa multitud de gente morena que proferían gritos y reían con estridencia. Lo que presencié, al principio, me sumió en una perplejidad más pesada que la losa de un mamut, y después de unos minutos de atenta observación no cabía otra reacción que la de carcajear sin reparos como el resto de marroquíes entre los que me hallaba.

No sé si se debía a alguna tradición o si todo apuntaba a una rara costumbre para divertirse, pero mi mente que recibió programación occidental supuestamente civilizada no atinaba a comprender el porqué de todo aquello. Sea como fuere, una de las personas allí congregadas, se situaba en medio de un descampado; podía elegir el estar sentada o de pie, mientras otra, alejada un puñado de metros más allá, chutaba un balón hacia la cara del otro. El receptor, inmóvil, recibía un balonazo en pleno rostro sin intento alguno de evitarlo y el resto se descojonaban de risa. Lo mismo daba que chutador y receptor fueran hombres, niños, mujeres o ancianos, y es que había muchos de los últimos citados con algún ojo morado o el labio partido.

Reparé estupefacto que si algún chutador rozaba la oreja del receptor sin lastimarle, de repente, cesaban las risas y el respetable enmudecía y miraba con expectación, mientras el que era objeto del enigmático escrutinio, con mucha lentitud se metía el dedo en la oreja y lo hacía girar en semicírculo muy serio.

Giro de dedo y silencio, giro de dedo y silencio, giro de dedo y silencio, giro y silencio, giro y silencio, giro y… El receptor extrae el dedo, lo muestra al populacho y éste mira con expresión de fastidio que está lleno de cera hasta la primera falange. Un segundo después, toda la gente congregada abuchea al chutador entre sonoras carcajadas mientras el receptor mira al suelo sonriendo y negando con la cabeza. Todos empiezan a hablar a la vez, riendo e intercambiando impresiones los unos con los otros; parece fiesta mayor, hasta que el jolgorio y el cachondeo fueron bruscamente interrumpidos por una voz un tanto aguda que desde la lejanía exclama un... ¡Aroa tusa Tajme!

Todos nos giramos enmudecidos hasta que nuestras miradas confluyeron con la enigmática silueta de un anciano de edad indefinida. Pese a los cuarenta metros de distancia que nos separaban, reparé que el anciano tenía la cara más arrugada que una momia y que por su estatura más que andar parecía que iba a ras de suelo. Avanzó unos dos pasos y pidió que le pasaran el balón con un gesto autoritario de su bastón, y de pronto, se apoderó de aquel sitio un clamor estentóreo y ensordecedor donde a duras penas logré entender algo así como ¡Él lo hará! ¡Gun-Afta lo hará!

Yo me estremecí; Hosseini señaló a una anciana enjuta que parecía estar haciendo ganchillo muy entretenida -ajena a toda aquella hilarante locura- y la colocan encima de una silla mientras ésta no para de articular palabras en una jerga extraña como si estuviera insultando sin levantar la vista.

Me temía lo peor y no tenía ganas de presenciarlo. No quería ver cómo el gran fenómeno Afta chutaba, si es que podía, a una distancia de cuarenta metros y volatilizar la cabeza de la pobre anciana de un pelotazo. Pero por los santos testículos del Minotauro, como si lo viera a cámara lenta, el balón pasó justa y limpiamente rozando la oreja derecha de la anciana sin inmutarse ésta lo más mínimo.

Y nunca mejor dicho limpiamente, porque ahí radicaba la extravagante habilidad divina de Hosseini Gun Afta: en limpiarte la cera de las orejas con un balón proyectado a cualquier distancia por su pierna enclenque sin lastimarte lo más mínimo. Únicamente Hosseini poseía el toque.  Jamás erraba un tiro y de paso se ahorraba, él y los suyos, un buen puñado de dinero en bastoncitos de cortísima longitud con algodón en ambos extremos.

Tags: Balón, Marruecos, fenómeno, toque.

Publicado por antidogmas @ 9:03
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Maktub
viernes, 21 de noviembre de 2008 | 11:07
Paso a saludarte rey. Tengo muy abandonado mi blog y el resto. A ver si me pongo las pilas...

A propósito de un personaje de tu relato, Hosseini, has léido el libro del escritor del mismo nombre? Cometas en el Cielo. Esta d pm.

Bss!!
Publicado por antidogmas
viernes, 21 de noviembre de 2008 | 15:38
No he leído el libro que me citas, pero si está tan bien como dices, me lo apunto en mi lista de libros por leer.

Un gran saludo para ti también Guiño
Publicado por Zaffe
martes, 25 de noviembre de 2008 | 20:21
Me ha gustado tanto como la primera vez.
No serían cabras karakul las que le dieron su leche?

Besos!Flash