domingo, 07 de diciembre de 2008
Aquella mujer trotaba alegremente por la playa carente de todo complejo. Como tiene que ser. Sus carnes sobrantes ondulaban majestuosamente como sábanas desplegadas al viento. La mujer obesa trotaba, trotaba y trotaba. El contacto de sus pies en el suelo proyectaba la caliente arena hacia las alturas como si se tratara de bombas racimo, hasta que un traspiés hizo que toda su grasienta anatomía se desplomara aparatosamente de bruces contra el suelo arenoso como si de una pesada losa se tratara.

Cuando los 190 kilos de masa corporal apisonaron poderosamente la arena, la inercia ya de por sí considerable dada la velocidad con que cayó más su generoso peso, propiciaron que las piernas robustas de la mujer se arquearan hacia arriba llegando los tobillos, casi, casi, a los omoplatos. Un par de segundos a continuación más o menos, las piernas también se derrumbaron como el resto del cuerpo.

La mujer obesa se incorporó trabajosamente como si nada hubiese pasado, y es que no le quedaba otra. Ya no trotaba, se dirigía con andar calmo hacia las aguas no tan calmas para abandonarse placenteramente a las imprevisibles corrientes de las aguas saladas. El oleaje parecía crecer en intensidad. La mujer obesa aprovechaba con cierta habilidad la inevitable llegada de las olas y cada vez que llegaba una, ascendía un par de metros sonriendo, para luego volver a tocar tierra y esperar la siguiente caricia del mar.

Hay olas que engañan. Siempre ocurre. La gorda, divertida, se sentía entretenida y confiada y se disponía a seguir con su particular jueguecito de hacer levitar sus generosas carnes aprovechando el caprichoso oleaje.

Presenciar aquello era como estar disfrutando de los mejores efectos especiales de las pelis americanas. Una ola de proporciones más que considerables elevó a la mujer obesa unos seis o siete metros. En ese punto, digamos, álgido, ya no reía; su boca era una perfecta “O” de sorpresa y en el punto decreciente de la ascensión, empezó a chillar de forma hiriente una octava por encima de los delfines, provocando la histeria y el terror de todos los seres vivos de la tierra en varios kilómetros a la redonda.

Después de dos parpadeos, la ola engulló a la gorda como si ésta no fuera nada. Cuando reapareció a la superficie movía las manos frenéticamente con los brazos hacia arriba como si quisiera atrapar el aire que tanto necesitaban sus pulmones en aquellos momentos de submarinismo súbito y forzado. La mujer obesa emergía de las aguas tambaleándose y tosiendo ruidosamente, expulsando saliva y mucosidad como si se tratara de la mismísima cosa del pantano.

En la playa el sol te asaetea desde todos los ángulos; hay gente fea con la piel quemada y la comida está intoxicada.

Tags: Playa, oleaje, gorda.

Publicado por antidogmas @ 18:58
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Publicado por Desfaenado
jueves, 11 de diciembre de 2008 | 21:06
Jejeje! recuerdo que en éste alguien se molestó porque te reías de una gorda...
Pues tengo más memoria de lo que pensaba...
Besotes!Rebotado