Hace mucho, mucho tiempo, en una tierra remota de indescriptible belleza, donde convivían humanos y seres extraordinarios... Un príncipe se paseaba intranquilo por los enormes y fríos pasillos de su majestuosa dependencia. El apuesto príncipe no podía posponer por más tiempo el objeto de sus desvelos así que con absoluta resolución y presteza, salió al encuentro de la mujer con la que habría de reinar en tiempos venideros.
El príncipe, el más varonil y hermoso de todos los hombres de aquel idílico lugar, preguntó con voz clara y firme:
-¿Me otorgaría el inconmensurable honor de casarse conmigo?
Los ojos azules de la bella princesa refulgieron con la intensidad de mil diamantes preciosos. Centenares de mariposas batieron sus frágiles alas y provocaron una delicada brisa que acarició suavemente los largos cabellos color azabache que caían en majestuosa cascada sobre la esbelta silueta de tan cautivadora criatura, y con una voz cristalina y musical contesto:
-No.
El príncipe no cabía en sí mismo de gozo y a duras penas pudo disimular su júbilo. Tuvo una vida longeva y colmada de dicha y a los pocos días de su indolora muerte, numerosos poetas y trovadores de las más lejanas e inhóspitas fronteras narraron a lo largo y ancho de aquel mundo turbador, los cientos de años que pasó en vida yendo a pescar y a cazar. Se hicieron bonitas canciones de cuando pasaba tardes interminables en el bar con los amigos pillando soberanas cogorzas de cerveza, vino y cava.
Brotaron poemas de calidad intachable sobre cómo se ponía de cubatas hasta donde la espalda pierde su casto nombre cuantas veces le venía en gana; así como sus descomunales resacas que duraban de tres a cuatro días. Jugaba al golf y a menospreciar a los criados y al ignorante populacho en general. Comía caviar y manjares exquisitos para nutrir a todo un regimiento porque le alcanzaba la pasta; que para eso su amado padre amasó, como todo Rey, una desorbitante fortuna a base de puteación masiva, asesinato y robo desmedido.
Se narraron textos enternecedores sobre cómo dejaba la ropa tirada en el trono del comedor, en el lavabo o en cualquier jodido metro cuadrado del palacio. De cómo penetraba a mujeres del mundo de la noche, pero también a amigas y vecinas por la mañana y por la tarde, puesto que jamás miraba el reloj de arena de pulsera que llevaba y siempre hacía caso omiso de los relojes de sol que mandó instalar en los edificios importantes del reino.
Nunca necesitó competir con vecinos y conocidos por el mejor coche, carruaje o caballo; ni tampoco por el mejor lugar de vacaciones, ya que éstas duraron lo que duró él. Se compusieron odas conmovedoras de cómo se tiraba apestosos pedos a mansalva y meaba salpicando la tapa de oro del retrete con la puerta abierta de par en par. Durante décadas se entonaron rimas y rapsodias alrededor de acogedoras fogatas sobre cómo defecaba leyendo pornografía de la época sin límite de tiempo y de qué manera eructaba mientras se rascaba sus peludos cojones de alta alcurnia.
El príncipe fue un tipo soltero enormemente feliz; sustituyó las perdices por los partidos de fútbol y ninguna mujer le tocó las pelotas salvo que él lo deseara o mandase.
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