miércoles, 07 de enero de 2009
No acierto a discernir qué es lo que me está aconteciendo. Como dirían los adolescentes de hoy en día: estoy depre.

Llevo días sin vivir como el resto de mortales normales: no me levanto de la cama para ir a trabajar, no veo la tele, no discuto con nadie ni llevo la contraria, ni siquiera me alimento de comida precocinada ni salgo al balcón a escrutar la vida de los demás. Ante mi evidente decrepitud anímica no cabe otra resolución que la de solicitar ayuda profesional.

Llego a la consulta del Dr. Asclepiodoto, controvertido especialista de reconocido prestigio que fue condenado al más absoluto y hermético de los ostracismos por parte de la Asociación Médica Mundial, por emplear con sus pacientes una innovadora y poco ortodoxa metodología que al día de hoy está prohibida en cuarenta países y considerada de alto riesgo.

La consulta del Doctor parece una mazmorra medieval pero su voz me tranquiliza cuando me insta a explicarle qué me ocurre. Le enumero todos mis síntomas lo mejor que puedo y finalizo preguntándole cuál es el origen de este extraño mal que se ha adueñado de mí. El Doctor Asclepiodoto me mira de hito en hito, a continuación ladea ligeramente la cabeza sin dejar de observarme, inspira profundamente a la vez que una mueca de resolución le llena el rostro y me recomienda que lea mi horóscopo. Ante tamaña insolencia y falta de tacto, con un semblante impertérrito, le estampo su diploma en la cabeza y en la medida que corresponde le administro un par de hostias bien enfocadas.

Salgo de allí pensando que tendré que llamar a otras puertas. Embargado por mi creciente desasosiego, me dejo llevar allí donde mis pies me conduzcan. Deambulo por las sucias calles de la urbe como un zombi, con las manos en los bolsillos, pateando porquería y cabizbajo, haciendo acto de presencia como alma en pena por hipermercados y grandes almacenes, por aeropuertos y ferias de carne porcina, por manifestaciones y campos de petanca.

Todo aquello, más que animarme, me sumerge más y más en un desaliento asfixiante, por lo que, en un intento de tratar de reactivarme algún destello de vida, me aboco a la visita de prostíbulos caros, de museos para pintarrajear cuadros y mearme solícito en las fachadas de iglesias y catedrales, pero el desasosiego engrandece por momentos.

Preso de mi confusión, trato de pensar cuál puede ser el motivo de mi calamitosa crisis existencial. El dinero no, que en mis tiempos de Inspector Jefe ya me encargué de decomisar debidamente parte de los alijos que llegaban a comisaría. La familia hace tiempo que dejó de importunar desde que la abandoné en aquella apestosa gasolinera ubicada en un tétrico y desértico lugar de la América profunda. ¿Qué me ocurre, entonces?

Totalmente destruido y engullido de una oscura desesperación, decido probar varios métodos de suicidio. Bebo ingentes cantidades de calimocho sin respirar. Provoco a una numerosa banda de skinheads exclamándoles que son unos maricones hijos de puta bastardos de madre negra. Como sin apenas masticar latas de fabada asturiana caducadas. Esnifo más de la mitad de la droga incautada de Coslada. Trato de escuchar seguidos todos los CD de operación triunfo, pero la señora de la guadaña no me tiene en su lista.

Hasta que hoy, contra todo pronostico, inesperadamente, amanezco exultante, con una erección pletórica que me llega a las cejas y la mayor de las predisposiciones. Sin atisbo alguno de encontrar explicación a este increíble fenómeno, he saltado del colchón al suelo y del suelo me he elevado hasta el techo moviendo los brazos a modo de alas con una sonrisa de oreja a oreja.

Después, ahora sí, como el resto de la humanidad aborregada civilizada, me compro un calendario y me doy cuenta con grandísimo impacto de todo y el porqué de lo sucedido. ¡Estamos a siete de enero! ¡La navidad acabó! ¡Terminó! ¡Finalizó! ¡Cesó! Y con ella... ¡Todos mis males y desgracias! Y es que para un tipo normal y altamente sensible como yo, estas  fechas alteran mi mansa cotidianeidad. Porque los desconocidos me sonríen y no me miran mal como antes. Los hijos de puta, más que nunca, se visten con piel de cordero. La gente se encabrona con sus suegros y cuñados y entre tanta mierda se hace difícil vivir. ¡Suerte que queda casi un año para la navidad siguiente!

Tags: Alegría, ánimo, depresión.

Publicado por antidogmas @ 0:01
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Comentarios
Publicado por Al calor de la lumbre
miércoles, 07 de enero de 2009 | 7:15
Jajaja.
Parece, antidogmático, que la navidad evoca en los dos las mismas sensaciones.
Afortunadamente, se acabó.
Genial el uso que haces de la palabra.
Un abrazo
Publicado por Desfaenado
miércoles, 07 de enero de 2009 | 7:16
Jaja. Nos evoca la navidad las mismas sensaciones.

Menos mal que todo pasa.
Genial, como siempre, el uso de la palabra por tu parte.
UN abrazo
Publicado por Zafferano
miércoles, 07 de enero de 2009 | 22:36
Que es siete de enero...??? Pero entonces mañana empiezo a trabajar!!! Anti, dame la dirección del tal Ascleipiodoto...!

Un besote lindo, este año te ha sentado muy bien...Chica