lunes, 12 de enero de 2009
En multitud de ocasiones -y es menester que lo entendáis bien- la boca se te queda abierta de forma permanente y la lengua se te cae al suelo a causa de esgrimir con altas dosis de paciencia, varias explicaciones contra la tozudez del mentecato sin resultado positivo alguno. Cuando por ejemplo, el mentecato al que conoces de muchos años atrás, insiste con implacable obstinación a que aceptes su invitación y deglutas la cerveza que acaba de pedir.

Al mentecato le agradeces la invitación y le dices que hoy no bebes alcohol. Es ahí, en ese punto, cuando el orden natural de las cosas y el universo en definitiva se paraliza durante un instante que se muestra eterno. El mentecato -como todos los mentecatos- se siente fuerte en su simpleza y no acepta el rechazo de buenas a primeras. Esta situación ocurre a menudo en turbios tugurios cuya clientela habitual es un cochambroso elenco de tullidos mentales y tarados peligrosos que manifiestan sus desvaríos bien entrada la noche o al despuntar el alba.

No preguntéis, no obstante, la razón de mi presencia en un lugar a todas luces decadente y de tanta insalubridad, basta saber que desde hace bien poco tuve una vida un tanto extraña e intensa. El mentecato con una voz pastosa, impreca sobre mí terribles males y oscuras maldiciones, junto con otras indecorosas lindezas dignas de la lengua de peor y más baja ralea, finalizando su sarta de improperios alegando que la ingesta de una sola cerveza no me va a hacer daño.

La situación se torna molesta e incómoda, por lo que trato de manejarlo con tacto y suavidad. Le explico que una persona muy sabia dio a conocer que de todos los seres vivos de la creación, el ser humano es el único que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir. También podríamos decir que ve la tele sin tener nada que ver. A todo esto, el mentecato me mira con fijeza, a fondo, como si tuviera que desentrañar un complicado y dificilísimo enigma matemático.

Continuo argumentando que de todos los gratificantes placeres de la vida, también está el de beber sin tener sed y que yo lo practico muy a menudo. Que se bebe por varias razones y que yo lo hago cuando me apetece, pues sólo cuando se bebe por placer el acto se convierte, evidentemente, en placentero, y que hoy no es ese día. El mentecato parpadea varias veces seguidas y adopta un semblante -al parecer imborrable- de notable incomprensión y perplejidad. Le noto algo aturdido y aprovecho su momentáneo estado de flaqueza para seguir y acabar con su psique.

Contraataco decidido exponiéndole que si él tuviera que beber todo el alcohol que yo llegué a consumir, además de la vida que ya tiene le haría falta otra y que al fin y al cabo yo bebo alcohol cuando me sale de las pelotas. Esto último, parece que lo despierta de su ensimismamiento -como pude comprobar, engañoso- y con contundencia me dice que no entiende una palabra de toda la mierda que le acabo de soltar.

Acto seguido, el mentecato coge la cerveza y me la planta enérgicamente delante de mis narices. Por regla general, esta clase de confrontación acabaría con los puños y a estilo barriobajero, pero aquí, un servidor, aunque frecuenta tenebrosos locales infestados de alimañas y despreciables criaturejas de Dios, es todo un caballero. Además, detesto la violencia; tuve una infancia idílica, de hermosas tardes soleadas y trinar de pájaros, por lo que no hubo lid alguna.

Reduje al mentecato con un rápido movimiento del brazo y con fuerza y determinación le introduje la cerveza por donde amargan los pepinos.  

 

Tags: Invitación, cerveza, mentecato, alcohol.

Publicado por antidogmas @ 16:22
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Publicado por Al calor de la lumbre
lunes, 12 de enero de 2009 | 20:19
En mi tierra se dice que cuando un tonto coge una linde o se acaba el tonto o la linde.
Si a la idiotez humana le unimos el alchool y la noche, mala mezcla.

Seguro que el sirvió de lubricante.
Un abrazo