domingo, 25 de enero de 2009
Pese a la acechante sequía, ha llovido mucho desde que sucedió lo que a continuación voy a relatar. Traigo este artículo tal y como ocurrió y lo sentí: algo crudo y no cocido.

Todos en el barrio conocíamos a Irene. La muchacha contaba con veintiséis saludables años y se encontraba recién casada. Como otras muchas casadas, Irene daba rienda suelta a sus voraces apetencias sexuales erigiéndose con insultante atrevimiento en portaestandarte del adulterio más aberrante que cabe imaginar. El engañado de su marido era un buen hombre, aunque algo idiota debido a su evidentísima carencia de dignidad y amor propio de la que hacía gala de forma hiriente por todo el vecindario.

Paco trabajaba en la industria del tocho como albañil. Muchas madrugadas invernales lo había visto en lo alto del andamio calentando con su aliento las manos amoratadas por un frío hostil y en verano quemándose la piel bajo un sol inclemente, al tiempo que se echaba un poco de agua encima; en ambos casos, a veces, incluso le había visto besar la alianza.

Mientras, su mujer, se restregaba alegremente los sentimientos de su marido astado por sus abundantes flujos vaginales, a la vez que desatascaba con ardor y lujuria las tuberías cárnicas de fontaneros, electricistas, informáticos, butaneros, y cualquier pene en varios km a la redonda. La muchacha, dada su agitada actividad extramarital, suponíamos que era de entrepierna inquieta y difícil de colmar, por lo que se dejaba ocupar con total abandono, receptividad y entrega todos los orificios de su cuerpo excepto oídos y fosas nasales.

Lo que estaba ocurriendo entre el matrimonio nos importaba a todos menos que los esputos de un mandril. Estábamos demasiado ocupados con nuestros propios problemas, pero indudablemente, eran la comidilla de los caraculo: seres que habitan en todas las partes del mundo y que hablan y analizan la vida de los demás descuidando la suya propia.

Una noche de tantas, estaba con un conocido en no recuerdo ahora que antro. Sólo recuerdo que la música era nauseabunda. Creo que los entendidos la llaman bakalao: Cacota o despropósito musical similar al house, trance, rave y demás sonidos repletos de notas vomitivas e inmundas. Nos hallábamos en la planta de arriba; por aquel entonces éramos apuestos, chulos e indeseables.

A ojos de la plebe obrera y opresora, nos veían como un par de mierdas ignorantes que íbamos cargados de porros y consumíamos sustancias de esas que están al otro lado de la ley y que te hacen ver cosas que no son. Como la ignorancia, también éramos atrevidos. A Santi le divertían las acrobacias; yo sabía que repetiría el mismo numerito de las narices unas cuatro o cinco veces: asía el cubata por el borde y describía con el brazo extendido un giro de trescientos sesenta grados sin derramar una sola gota. La perfecta ejecución de tan estúpida y arriesgada coreografía residía en la rapidez y precisión del movimiento requerido.

Puede que Murphy se estuviera tomando una copa por allí; puede que Santi estaba demasiado ebrio o emporrado, el caso es que el cubata salió despedido hacía las oscuras alturas del tugurio con extraña belleza. Yo me quedé mirándolo con cara de honda perplejidad. De súbito, dejé de oír y un silencio ubicuo se adueñó de la sala. El vaso ascendió con lentitud fílmica para quedarse hipnotizadoramente ingrávido en las alturas. El tiempo pareció detenerse toda una eternidad; el vaso flotaba y segundos después, la música volvía a tronar y el cubata caía irremediablemente hacia el vacío adoptando brillos mareantes e histéricos dada la frenética luz cambiante de la sala.

Los de la planta de arriba, observamos con estupor que la caída del vaso no concluyó en el suelo sino que fue a colisionar con soberana contundencia a la cara de una de las chicas que allí se encontraban. Nadie que nos hubiera visto nos señaló a Santi y a mí con dedo acusador. Toda la muchedumbre de la sala, al completo, tratando de satisfacer su odiosa curiosidad de mierda fruto del morbo, estiraban el cuello para alcanzar a ver como la chica sangraba alarmantemente por su ceja izquierda.

Nos dimos cuenta que la que detuvo la catastrófica trayectoria del vaso con tan mala fortuna no era otra que Irene. Contemplábamos con regocijo, escupiendo miserables nuestro júbilo. Aquella pobre putilla infiel sangraba como si de una cerda paridera degollada se tratara, mientras sus insufribles capas de maquillaje desaparecían a causa de un llanto torrencial mezclado con sangre, confiriéndole un aspecto risible a la vez que lastimoso y grotesco.

Fue una buena noche sin lugar a dudas, mucho mejor que otras. Y sin pretenderlo ni desearlo, vimos sufrir un poco a la zorrilla adúltera de Irene. Yo, unos veinte minutos después aproximadamente, conocía a Doménica Cazarnosa: la persona que ocuparía parte de mis futuros pensamientos desde ese momento hasta el día de hoy.

EPÍLOGO.

Qué caprichoso es el azar, la suerte, la fortuna; jamás seremos capaces de entenderlo. Sólo al azar y no al hombre, le corresponde impartir justicia al margen del bien y del mal; al margen de un código humano. Cuando un saludo no es correspondido, en alguna parte del mundo un cura sodomiza a un monaguillo; seamos educados pues. Cuando los sentimientos de una persona son traicionados con vileza, está el mortífero cubata de Santi.

Tags: Azar, gravedad, infiel, adulterio, herida.

Publicado por antidogmas @ 22:31
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Comentarios
Publicado por Explo
lunes, 26 de enero de 2009 | 9:36
Ma encantao esta frase "...receptividad y entrega todos los orificios de su cuerpo excepto oídos y fosas nasales." jajajaajajajaa!!! Mu buena la aventura de los salvadores del honor!! XD
Publicado por antidogmas
lunes, 26 de enero de 2009 | 12:09
Y en verdad te digo, explo, que está narración es real y nada exagerada.

No sé dónde para Irene; ni siquiera sé si tendrá sus orificios permanentemente dilatados. Paco volvió a casarse con una mujer que le respeta (que se sepa) y de Santi -aquellos que le conocimos- no conocemos su actual paradero.
Publicado por Al calor de la lumbre
lunes, 26 de enero de 2009 | 18:32
Totalmente de acuerdo. El azar es caprichoso hasta en repartir justicia.

Nunca entenderé para qué sirve el castigo. Si el mal ya está hecho.
Mejor sería reparar lo irreparable.
Un abrazo
Publicado por Perroflaco
martes, 27 de enero de 2009 | 1:13
Vaya pareja de superheroes, antidormatico y santiman repartiendo justicia a los infieles con su cubateitor.

Muy bueno el post, el blog y tú.

Un saludo
Publicado por antidogmas
martes, 27 de enero de 2009 | 2:25
Perrito, se escribe antidogmático con "g". Sólo por eso, y como debes comprender, debo enviarte allí donde se hospedan los perrillos famélicos o flacos: a la perrera.

Puedes volver a defecar por aquí cuando quieras, no obstante, no pienso darte de comerSonrisa)