Uno, al final de todo, se muere, y como dijo Bruce Lee, Marco Aurelio o el ratoncito Pérez (que tanto da): sólo nos queda una vida de ventaja.
Ante este fin ineludible cabe tomar, como mínimo, una resolución. Algunos se casan o forman una sociedad de dos, y obedeciendo a su programación genética y a los incomprensibles designios de la naturaleza, se ponen a concebir hijos como diciendo: "Un trozo de mí. Ahí que da eso", asumiendo el desgaste físico y monetario que conlleva alcanzar ese punto donde contribuyes a la perpetuidad de la especie.
A continuación, puede ocurrir que logres formar una familia. Si tienes éxito en tan sagrada institución y no te mata el cáncer, las mierdas de chucho en la calle, tu vecino, la polución o la programación de la tele, lograrás envejecer con la persona con la que engendraste a tus hijos. Si por el contrario, fracasas, sufrirás el amargo sabor de la ruptura, carecerás de familia pero te familiarizarás con abogados, tasadores y la tediosa burocracia del divorcio. Puede que tu nueva familia también sean el alcohol y las barras de bar. En ambos casos, el éxito y el fracaso van acompañados del ritmo in crescendo de la merma física y de tu cuenta corriente.
Los hay que después de una ruptura sentimental, se vuelven muy estúpidos o muy valientes (según se mire), puesto que desoyen los sabios dichos populares como aquel: "el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra". Y pertrechándose de una sobrecogedora fe ciega en la raza humana, en la suerte o el todo por el todo, después de un largo periodo de malestar, depresión y sufrimiento, deciden resetear sus vidas para escapar de una existencia gris que les disgusta, y retornar al punto donde todo empezó con la persona de la cual se separaron. Embargados por los cálidos e inolvidables recuerdos de la relación de antaño, se juran -otra vez- amor sincero y para demostrárselo a ellos mismos deciden copular y tener su primer vástago, como diciendo: "Esta vez lo haremos bien".
También puede ser que no quieras saber nada de la persona que dejaste atrás y termines mutando en amante. Amantes hay de pene, vagina, y por qué no, hasta hermafroditas; no olvidemos que la raza humana es rica y diversa -los hay que aman a los animales, y lo demuestran más de lo debido-. Hay amantes que arrastran una ruptura detrás, olvidan la suya propia pero provocan otras sin despeinarse siquiera. Son algo difíciles de contentar, sobretodo, amantes de vagina.
No satisfechas de que las penetres como es debido, después del polvo les agrada oír en quedos susurros aquello de: "nena, cuando estoy contigo me haces sentir joven", pese a que sólo seas un carcamal que las dobla en edad y folles bien. Otras gustan de que las invites a cenar a restaurantes caros y a esquiar. Evidentemente, como toda mujer mutada a amante que cató el matrimonio, no permiten una palabra fuera de tono y mucho menos que se las tosa.
También están los llamados -puede que injustamente- egoístas. Aquellos que decidieron vivir principalmente para sí mismos, sin obviar, por supuesto, los gratificantes y necesarios placeres del coito y sexo oral. Su particular visión de la vida desconcierta provocándote una sonrisa sardónica, puesto que rehúyen diametralmente todo lazo sentimental que implique tener que compartir todo aquello que no sean flujos corporales y buenos momentos en paños menores. Nada quieren oír de compartir el papel higiénico, los pedos, el inodoro y la ducha más de dos días seguidos. Ellos escupen a las fiestas señaladas del calendario que los enamorados alimentan, y sólo respetan las fechas en que por obligación, y un par de veces al año, deben ir al asilo a visitar a los padres.
Y una vez más, antes de que nos llegue nuestro fin particular, tomo conciencia y manifiesto mi mortalidad. Bostezo, pego una calada o un trago (que tanto da) y me humillo sabedor de que al fin y al cabo, al final de todas las cosas, lo único que tiene validez es cómo tratamos al resto de iguales mientras estamos en vida. Y una vez apagada la luz por siempre, no somos mejor que una mierda pinchada en un palo.
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