Como hay quienes entran aquí a leer, comprenderán que mi deber es ser sincero y perdonarán que alguna vez me ría de ustedes.
A mí me gusta la risa. Si es a costa de los demás, mejor. Mucho más sano y reconfortante. Porque si hay que ser cabrón, capullo o un impresentable, se ha de ser de los pies a la cabeza. Nada de medias tintas. Me gusta reírme de todo y de todos, incluyendo tópicos, mitos, y todas las deidades creadas por el hombre. También costumbres y tradiciones, que dan para mucho.
Si te ríes de mí acabarás conmigo, porque me puedes matar de la risa. La risa es gratis y leí que se ejercitan varios músculos al practicarla, ahorrándote pasta gansa en gimnasios que apestan a sudor. Lo hago continuamente, siempre que me sale del nardo, lo cual implica que las gentes de mi alrededor se enfurezcan y eso provoca que aún me ría más.
En mi caso patológico sin solución, la mayoría de las veces vence la risa. Siempre sonora y estentórea; nunca por lo bajo. En lugar de la diarrea súbita y aguda que me provocan las procesiones de Semana Santa, el fervor incomprensible a cachos de mármol y piedra con forma de virgen, la autoflagelación y el consentimiento de algunos anormales retrasados en ser crucificados... vence la risa.
Si desafortunadamente leo un blog donde la dueña dice: "no a la depilación en invierno" y lleva las piernas peludas como el yeti, los deseos de inmolarme o de arrojarme con ímpetu al más insondable de los abismos son derrotados y... vence la risa. Si leo en un blog una discusión carente de gracia entre dos comentaristas chabacanas, las tripas se me retuercen como si me atenazaran mil voltios de una sentada y... vence la risa.
¿Acaso no es gracioso cuando llega el verano y montones de personas se quejan de las altas temperaturas al tiempo que se tumban ofreciéndose al sol en actitud reptilesca? Es que hay que pillar un colorcito majo y el moreno en verano es vacilón y molón. Y es entonces cuando este feliz servidor se le ocurre pensar que en verano las personas son más contradictorias e imbéciles que el resto del año, y tengo que drogarme más que Miguel Ríos en los años setenta para superar tanto absurdo, menos mal que al final... vence la risa.
Pero no hay nada que me ponga de más mal humor que ver a una persona que se haga la graciosa sin serlo.
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