No es nada sencillo. Tras los ventanales del restaurante a sesenta euros el cubierto las veo pasar. Todas diferentes y a la vez tan iguales.
Veo a mujeres maduras que se resignan a la obstinada presencia de la vejez, mostrando un generoso escote sin pudor, cuyos fútiles intentos de sentirse deseadas son superiores a la imparable decrepitud de su antaño atractivo. Lolitas inocentes de juventud radiante; niñas que juegan a ser mayores, pero de tanto leer Vogue y Cosmopolitan el cerebro se les ha quedado más vacío que la cuenta corriente de las Grecas. Tristemente, en su puta vida asomarán la jeta a las páginas de un libro que no sea el de Petete.
No es nada fácil. Cruzan la calle muchachas que ya son mujeres, explotando al máximo sus esbeltas anatomías y paseándolas por los vidrios de todos los putos escaparates de la ciudad. Se divierten enloqueciendo la libido del sexo contrario, sugiriendo con un contoneo provocador y atrevido polvos lascivos en los asientos traseros del coche, cama, o mármol de la cocina, pero realmente no sabrían qué coño hacer con una polla erecta delante de sus narices. Lamentablemente, hay más vida en los ataúdes de un camposanto que dentro de ellas.
Puede que alguna haya paseado plácidamente por París en primavera y sentido el abrazo apasionado de su enamorado, mientras le prometía golosas y profundas mamadas en la habitación del hotel. Quizá hubo otra que gozó de un plato carísimo con su pareja en un barco bajo los puentes del Sena, creyéndose sabia en las jodiendas del amor, mientras él no sabía cómo decirle que ya no era objeto de sus desvelos.
A lo mejor eres ese tipo de puta adinerada con collar de perra que vestida con pellejos que valen más que tú, se va a Florencia a ver pinturas por el simple hecho de que tus amistades adineradas de mierda también lo hacen. Seguramente te crees una condenada experta en romanticismo por haber espantado palomas en San Marcos de Venecia después de un apacible trayecto en góndola.
Probablemente deseas que la luz tenue de la luna de Bali dibuje tu silueta mientras amas con la cadencia musical de las olas. Olvidarás a tu suegra, la hipoteca, y la inaguantable música del vecino. Dejarás de pensar en tu trabajo y de sentir el pesado yugo de la esclavitud. Follar sin paredes alrededor, mantener el televisor apagado, abandonarte a un masaje en Tailandia, o embriagarte con algo refrescante te hará recordar siempre los olores de las esencias, el murmullo de la seda y las canciones que suenan cuando el viento agita las hojas de los árboles.
Quién sabe si a lo mejor lo tuyo es el encanto prohibido de un país árabe y el lujo insultante; las desigualdades sangrantes, los templos, el brillo del oro, las comidas exóticas y bebidas en recipientes de formas extrañas despidiendo débiles destellos en un ocaso de cuento de hadas.
No es nada sencillo, no es fácil. Tras el ventanal las veo pasar a medida que el día languidece. Arrecia el viento y estimulo el paladar con otro sorbo de vino. Presiento que de un momento a otro aparecerá mi perra.
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