jueves, 12 de febrero de 2009
Viví una infancia idílica repleta de bonitos colores: de mañanas soleadas bañadas en oro, largos atardeceres verde esmeralda, crepúsculos de magma que encogían el habla y noches azabache de leyendas y sueños. De este modo lo sentí y late en mi recuerdo.

Una tarde a pocos metros de mi casa capturé tres mariposas y las privé de su libertad en un tarro de vidrio. Las mariposas aleteaban frenéticamente chocándose unas con otras en una especie de taquicardia incesante y descontrolada. El repiqueteo desacompasado de las alas contra el cristal me resultaba incómodo a pesar de lo imperceptible de éste.

Las bellas criaturas padecían. Mientras las observaba carente de compasión, se me ocurrió la idea de atarlas una con otra y hacer que volaran al mismo tiempo. Pensado y hecho: me hice con un pedacito de hilo de coser y lo anudé con paciencia y gran cuidado alrededor del cuerpo -justo debajo de las alas- de las mariposas.

Acto seguido, deposité el singular trío de lepidópteros atados sobre el descampado. A ras de suelo cuan largo era, ensuciándome sin importarme, miraba con fijeza clínica; animaba los insectos al despegue y palmeaba una y otra vez. Las mariposas nunca volaron. Los bonitos dibujos de las alas estaban difuminados e irreconocibles; a veces brincaba una y otras ninguna, hasta que el aleteo cesó y el movimiento de sus patas diminutas se hizo muy débil.


Al cabo de un rato, defraudado, me cansé de las mariposas y sin emoción alguna tiré de los extremos del hilo y las partí por la mitad. Los cuerpecillos desmembrados de los insectos agitaron sus alitas durante unos segundos agónicos... y acabaron por morir del todo. Me quedé mirando los cadáveres con una sensación extraña; recogí todos y cada uno de los despojos para enterrarlos, pues de ninguna manera quería dejarlos allí.
 
Mientras cavaba tres tumbas pequeñísimas, mi madre se acercó hasta mí para preguntarme qué hacía en la tierra arrodillado. Con una vocecita queda, le respondí que enterraba a tres mariposas muertas. No me hizo falta girar la cabeza para ver que mi madre, emocionada a la vez que equivocada respecto a la bondad de mi gesto, le brilló la mirada impregnada de ternura. Con el transcurrir de los días, las mariposas me dieron pena y me arrepentí profundamente, sin lograr entender por qué cometí tal crimen. Incluso hasta el día de hoy recuerdo hasta el más mínimo detalle, y ahora sé que lo hice por mi inextirpable condición de humano.

Así que para no volver a sentir aquella  sensación que se tornó tan insoportable, salvo mosquitos en verano, desde el funeral de las mariposas no mato ni el tiempo.

Tags: mariposas, infancia, muerte.

Publicado por antidogmas @ 9:00
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Comentarios
Publicado por Explo
jueves, 12 de febrero de 2009 | 10:04
ooooooohhhh!!! Que tierno el post... A mi me encantan las mariposas en la vida se me ocurriria matar una... Pero ya se sabe que los humanos somos muy crueles en muchos aspectos de nuestra vida...
Publicado por antidogmas
jueves, 12 de febrero de 2009 | 15:42
En el fondo, todos tenemos nuestro corazoncito, o noDemonio
Publicado por Al calor de la lumbre
viernes, 13 de febrero de 2009 | 19:36
Yo creo, que si algunos y algunas hubieran matado alguna mariposa de pequeños, ahora no se dedicarían a disecar a personas.
Qué bueno, no mato ni el tiempo...jeje
Me alegra, como siempre, leerte.
Un abrazo
Publicado por Zaffe
miércoles, 25 de febrero de 2009 | 19:39
Pues yo le tiraba piedras alos lagartos. Pobres... A más de uno se le cayó el rabo. Pero sólo enterré hormigas. Vivas, eso sí...

Besotes!Vacilando