viernes, 27 de febrero de 2009
Dementes lectores, presten suma atención. Algo condenadamente extraño e inexplicable le está sucediendo a Inés Perada. Son las siete de la tarde de hoy y a Inés Perada le están creciendo un par de testículos. A ver si me explico: ahora mismo, los cojones nacientes de Inés Perada son más grandes que la propia Inés Perada.

Lleva horas sumida en una envolvente perplejidad, mientras contempla enmudecida y aterrada su desconcertante mutación. Entre caóticos y negros pensamientos, intenta pensar cuándo empezó su abominable transformación. Recuerda que sobre las tres y media de la tarde, mientras se masturbaba rememorando el día que le puso las astas a su novia, comenzó a sentir un lacerante picor en su santo tabernáculo.

Esto, en principio, no la preocupó demasiado. Hacia lustros que no higienizaba sus partes nobles y acostumbraba a hospedar a innumerables y variadas formas de vida parasitaria en dicha zona. Sin embargo, después de aquel picor incómodo notó una molesta sensación de tirantez que la obligó a levantarse, y sintió, literalmente, que tenía dos cojones que se agigantaban por momentos.

En poco más de media hora, piernas y rodillas empezaban a notar el cansancio que supone soportar el peso de unos testículos horribles y descomunales, por lo que optó por sentarse, con gran esfuerzo, en el sofá. Ahí estaba ella: presa de un rubor arrollador, espalda totalmente erguida, las manos mesando nerviosamente el sucio cabello y un escroto que caía lánguido para desbordarse en el suelo en dos colosales cojones.

Cuando la histeria remitió un poco, a medida que los frenéticos latidos de su corazón también lo hacían, se dedicó a escrutarse, entre asqueada y fascinada, el desastroso espectáculo que acontecía en su séptica entrepierna. En un principio, se le ocurrió la descabellada idea de comérselos y poner fin a su tormento, pero nunca fue una persona valiente como Emilio Gutiérrez (el hombre de la maza) ni acostumbraba a tomar decisiones difíciles.

Pensó que lo mejor sería asomarse a la ventana más próxima y pedir auxilio a los transeúntes, así que con todo el valor que pudo reunir, se levantó del sofá intentando avanzar. No se dio cuenta que sus testículos se habían retraído y ya no colgaban como péndulos deformes, sino que ahora conformaban un escroto duro y compacto del tamaño de un seiscientos, con lo cual rodó por encima de sí misma acabando de bruces contra el suelo.

Profiriendo una queja de dolor, Inés Perada se arrastró grotesca, como una abyecta y sucia criatura de pesadilla, mientras que sus cojones seguían su crecimiento obstinado. Jadeando, consiguió llegar al pasillo resquebrajando el marco de la puerta y echando media pared abajo. Se quedó inmóvil: la mejilla derecha contra el suelo, respirando agitadamente, intentado recuperar el resuello, mientras notaba que la desesperación ocupaba todas las fibras de su cuerpo metamorfoseado.

Sabía que no lo lograría; sus fuerzas habían desaparecido y sus testículos eran ya más grandes de lo que era capaz de imaginar y demasiado pesados. Apoyándose en sus brazos llenos de arañazos, irguió la cabeza y contempló por última vez y con la mayor de las pesadumbres, los retratos que adornaban toda la longitud del pasillo. Aquellos cuadros le transmitían calma y una agradable sensación de bienestar.

Allí estaban mirándola desde arriba, impasibles: su amado general Francisco, su admirado militar y político Adolf, su venerado ministro Benito Mussolini, su amigo íntimo Roldán, Pocholo, Darth Vader y por supuesto el querido médico de su familia: Rudolf Mengele. Inés Perada no puede soportar la mera idea de verse privada de la cálida compañía de cuadros de personajes tan venerables y respetables.

Ahora sí. Sus cojones se abren paso como una explosión, destruyendo el edificio donde vive y haciendo añicos las ventanas. Inés Perada, anegada en un llanto torrencial y poseída de una locura ilimitada, se despide mentalmente de todos sus amigos -si es que alguna vez los tuvo-, de los cuadros del pasillo y de su padre y su madre que militaron en las SS.

Para cuando a Inés Perada le llegué el fin, todo cuanto conocíamos habrá desaparecido. Las bajas serán incontables; una ola a escala mundial de vandalismo, barbarie y pillaje se adueñará de las ruinas que poblarán la tierra.


Los testículos de Inés Perada no cesan de crecer; mientras exclama con todas sus fuerzas "¡jodeos, jodeos!", el mundo llora, se desmorona, y la demencia y el caos se apoderan del universo.

Tags: Metamorfosis, abominación, cojones, Inés Perada.

Publicado por antidogmas @ 16:32
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Comentarios
Publicado por explo
lunes, 02 de marzo de 2009 | 17:15
Madreeeeeee que ida de ollaaaaaa!!! Si es una metafora me la explique porque no he entendio na :S
Publicado por antidogmas
lunes, 02 de marzo de 2009 | 21:55
Explo, no es una ida de olla (o sí). El caso es que nunca soy dueño absoluto de lo que escribo. Digamos que Kafka es una de mis inspiraciones y este post está inspirado en "la metamorfosis" del antes citado.Sonrisa Gigante
Publicado por Explo
miércoles, 04 de marzo de 2009 | 14:29
Aaaaahhh, esta bien saberlo. Yo es que soy una inculta y de al sr. Kafca solo lo conozco de oidas...
Publicado por antidogmas
miércoles, 04 de marzo de 2009 | 15:24
Explo, no te llames inculta que te caneo. Es sólo desconocimientoGuiño
Publicado por Explo
jueves, 05 de marzo de 2009 | 11:30
Vale vale desconocimiento Muchas risas