Qué suerte la mía, el haber disfrutado en ahora, mi lejana infancia, de aquella cajera de apellido afrancesado. Por aquellos tiempos tan tiernos yo tenía cinco años, y una vez más, como en otras tantas y recordadas ocasiones, me aproximaba a la caja de cobro asido de la mano de mi madre. Nuestras negras siluetas contrastaban con el intenso resplandor que se colaba por las enormes cristalerías del complejo.
Desde el primer día que la vi, se convirtió irremediablemente en mi cajera preferida. Su escote era, a todas luces, el más pronunciado de todo el supermercado; una "V" equilátera de prodigiosa geometría erótica, donde se parapetaban dos tinajas perfectas, contenedoras de agua divina, capaces de saciar la sed de la madre tierra. Desde mi corta estatura, la contemplaba embelesado con los ojos más abiertos que un dibujo manga ¡Qué sobrecogedora turgencia poseía aquel pecho! ¡Qué incontestable supremacía mamaria!
Como si lo viera a cámara lenta, mi cajera de apellido afrancesado entornaba los párpados, lo justo para que sólo yo me percatara de su calurosa mirada, transportándome a extraños mundos imaginarios, reconociendo en mi inocente turbación, el deseo inequívoco de bucear goloso en su hipnotizador escote. Las manos de mi cajera eran de dedos largos y suaves; olían a moneda, baratija, antiséptico y a tique de compra. Mi cajera me arrancaba de mi ensimismamiento divino con delicadeza transpirenaica, pellizcándome inmisericorde, los mofletes hasta el punto de deformarme la carita.
Cuando mi cara tornaba a su aspecto normal, su afectuosa sonrisa de dientes perfectos acababa en un revitalizante beso en la frente que sabía a música de ruiseñores trinando y riachuelos de agua cristalina descendiendo de cumbres nevadas. Entonces, el escote lo envolvía todo. Todo quedaba desenfocado: mi madre, la caja de cobro, las pilas alcalinas, los paquetes de chiclés, las pegadolsas, los potes de tomate y las cuchillas de afeitar.
El tiempo se paralizaba; el sistema solar se extinguía y la vía láctea se hacía pedazos quedando tan sólo ella y yo. En la nada permanecíamos ingrávidos: una perfecta conjunción astral, mientras que en mi interior, alcanzaba con velocidad meteórica los siete chakras de luz de todos los mantras de la creación. Un segundo después, el beso cesaba, la magia desaparecía y la realidad se hacía sólida. Toda la materia conocida adoptaba su estado original. Y con la imagen del escote de mi cajera de apellido afrancesado, mi mente bullía con todo aquel abanico de efímeras e intensas sensaciones vividas.
Volví a coger la mano de mi madre. Al tiempo que nos encaminábamos hacia la puerta de salida del supermercado, los contornos de nuestras siluetas atravesaban haces de luz que perfilaban millones de minúsculas partículas de polvo en suspensión.
Como un agradable castigo, las tetas permanecían imborrables. Las tetas... Las tetas... Las tetas...
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