Escucha mis sacras palabras, oh, mujer de alma impura y pecadora. Vengo a comunicarme contigo a través de este blog, pues mejor este medio que las zarzas ardiendo. Vengo a reconducirte por el buen camino, como oveja descarriada que eres. Entiende hija mía, que una cosa es lo que Gioconda Belli expresó en bella prosa, y otra muy distinta, que te sientas superior al común de mis criaturas, simples mortales, pues todas habéis surgido del mismo molde.
No puedes sentirte tocada por mi gracia divina más de lo necesario, aun llevando gafas de pasta de cuatrocientos euros. Ni que escuches a Puccini, Chopin y Radiohead; hayas participado en orgías lésbicas clandestinas; te gastes la pasta de papi en los lugares más caros de la ciudad; leas a Chomsky y los hombres desfallezcan de anhelo por beber de tus humedades.
Sé que es duro el camino angosto de la redención, hija mía, lo sé. No toda la culpa es tuya. Sé que aún te aferras con desespero al prototipo de "femme fatale" y que sigues sin superar la fase egocéntrica y rebelde de la alocada adolescencia. Nunca dejabas de ver Sexo en Nueva York, y eso te ha causado estragos y daños irreparables. Admito que te desatendí más allá de lo admisible, cuando tuviste que enfrentarte sola al duro trauma que te supuso encajar que no eras hija de Cher ni de Pj. Harvey, y más aún, cuando tu última conquista optó por fumarse el cigarrillo de "después del polvo" en su casa.
Llora si así lo deseas, hija mía, pues en verdad te digo que las lágrimas vertidas con sincero arrepentimiento son purga más que suficiente por tanta escabrosidad y sordidez. Aleja de tu ser impío la oscura lascivia, y acude a mi cálido y reconfortante abrazo. Hazte digna de mí, y déjame observar complacido, que la razón y la bondad se adueñan de tus mientes. Que estás dispuesta a limpiar todas y cada una de las inmundicias que han emponzoñado, tus antaño relaciones cordiales con el resto de tus hermanos que pueblan este, tu mundo, para que tornen a ser, ahora insalubres y tóxicas, en prístinas y puras.
Bien asumido tienes que las personas de tu entorno no te tienen en gran estima. Correcto es darles la razón únicamente cuando la poseen. Pero en cada conversación que entablas, disfrutas vertiendo tu soberbia y derramando aguas tumultuosas sobre sus argumentos. Gozas viendo como se enfurecen mientras, para tus adentros, ríes con regocijo al tiempo que imaginas que te hacen reo de los más crueles tormentos.
No creas, no obstante, insignificante infame, que el contradecir, aun con toda suerte de sólidos e irrefutables argumentos, e insultar y menospreciar con pretendida elegancia, sean pauta y razón de mi existencia aquí en la tierra y en otros planos existenciales. Esto es, cuanto menos, una visión errónea. Una absoluta falacia y si no, dime dónde están las insultadas y menospreciadas, que si lo fueron, nunca las tuve por tales y más de una anda elucubrando con ser objeto, o diana de mis nunca venenosos dardos.
No he tenido jamás reparo en decir, que si alguna vez he manifestado interés en alguien, hasta el punto de perder o invertir tiempo en conversar, o deshacer los entuertos que hiciere, o corregir sus equivocaciones, puede tenerse por principal. Pues jamás he malbaratado mi ocio más de lo necesario con tan vano ejercicio, para fustigar, como en este caso, a mujeres irreverentes y altamente blasfemas como tú, que a punto estás de regresar felizmente al santo rebaño.
Recibir atención, o respuestas de mí, es algo que debe enorgullecer a la que sea capaz de sentir sano orgullo, pues nunca me he gastado con toda suerte de mujerzuelas de dudosa reputación, siendo tú una de ellas, de las cuales hay más que estrellas tiene el cielo. Hija mía, vuelvan las aguas a su cauce, reine el orden sobre el caos, y opta por el buen camino; para mayor gloria de sana convivencia, pulcritud, recato y dignidad.
Que al fin y al cabo, nos arrastramos por un mundo en el que los valores humanos, la inteligencia, el talento, la sensibilidad y el amor, se descomponen al igual que un cadáver con el paso inmortal del tiempo. Y sobretodo hija mía, sobretodo: jamás vuelvas a atreverte a salir a la calle con unas bolas chinas metidas en el culo.
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