Por aquellos incomprensibles azares de la vida, he tenido la oportunidad de codearme con chusma de ideas fijas y cerradas; ya sabéis, aquellos que creen que todo vinilo de heavy metal escuchado al revés, oculta una oscura invocación al Innombrable, con la consiguiente condena al más horrible de los tormentos. Los mismos que se oponen con rotundidad a la eutanasia, al aborto, al uso del preservativo, y se masturban con el crucifijo de la abuela imaginando cómo sería dar vueltas de campana bajo la sotana del Papa.
Los mismos que unos años atrás, me expresaron profunda indignación por la retransmisión de la muerte de Sadamm. Encuentro que es lícito y legítimo manifestar desagrado por lo que nos disgusta, pero puestos a escandalizarnos, vamos a gritar al cielo por hechos que nos tocan mucho más de cerca, que no la retransmisión de mierda por telefonía móvil de la muerte de Saddam.
Muertes en vivo y a todo color se pueden visionar en horas nocturnas en programuchos y nadie se escandaliza. Así como retransmisiones de peleas brutales, incidentes raciales que acaban en cientos de cadáveres, desfalcos, el ultraje de los poderosos... Todo al alcance de quien quiera verlo, pero claro, sólo se escandalizan de la retransmisión de la muerte de sadamm. Y porque era él, porque si es el vecino del séptimo, el que reparte el butano, o el que se va al bar a beber cerveza por no hostiar a la mujer, a nadie le hubiera importado una puta mierda.
Como otras tantas veces, se hizo evidente la miseria cerebral de toda aquella despreciable caterva de creyentes, que involuntariamente (supongo), con sus comentarios alarmistas y condenatorios, hicieron bochornosa apología del morbo más apestoso, abyecto y ruin que parió madre. El mostrar indignación y protesta son de las pocas cosas que continúan siendo gratis, lo cual no significa que tengamos que hacerlo a cada instante sobre cualquier cosa, sino por algo que verdaderamente valga la pena. De otra manera, nuestra queja se convierte en burdo afán de protagonismo a lomos de imbecilidad galopante.
Las fuertes corrientes del río de la vida, también me han conducido en presencia de personas que ocupan y ostentan importantes puestos de trabajo en los intocables engranajes de la maquinaria de estado. A menudo, la jornada laboral de estos ciudadanos consiste, parcialmente, en aposentarse frente a la pantalla de un ordenador, descansar el culo, y despegarlo de la butaca por incontinencia urinaria.
Suelen encontrarse en las dependencias policiales. Tratan de combinar sin éxito, simpatía con seriedad, pero se les nota un atisbo de superioridad que desagrada y... te hacen esperar. Otros trabajan en INEM. Éstos no disimulan, se sienten fuertes en su cargo, demuestran falsa paciencia y no te miran a la cara cuando te hablan. Tratan al extranjero con cierta estupidez y... te hacen esperar.
Los que pasan el rato en la seguridad social son los más arrogantes, los más indeseables. Saben que trabajan en una de las delegaciones más poderosas del Estado y se les nota el asco en la cara. Depende de cómo se apliquen en su trabajo, tendrás que visitarlos pocas veces o muchas. Y como no iban a ser diferentes... te hacen esperar.
Curiosamente, toda esta gente se prostituye para el gran hermano, para el puto amo. Siempre que tienes que acudir a ellos te hacen esperar con execrable indiferencia, riéndose entre ellos. Ejecutan su trabajo con la menor celeridad posible, bostezando, y hacen que me pregunte qué es lo que les pesa más, si la mierda que tienen en el culo o la que reside en el cerebro, a sabiendas de que más de uno tiene más mierda en ambos sitios que el sobaco de un grajo.
Suerte que hay excepciones, claro está. Las excepciones que confirman la regla de que existe aún mucho indeseable que padece miseria cerebral.
(Escrito en 2004. Publicado en 2007. Republicado y revisado en 2009).
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