Algo un tanto curioso está ocurriendo. Por ejemplo: Eustodia asegura que cuando sale a la calle y se da cuenta de que olvidó el móvil en casa, como por arte de alguna siniestra maldición, siente su corazón como indomable caballo desbocado, incontrolables espasmos en los glúteos, le castañetean los dientes y se le crispan los dedos de las manos y pies.
Mientras decide si desandar sus pasos para recoger el fruto de sus reacciones, intenta convencerse así misma de que está volviendo a padecer otro episodio de dependencia. Sin embargo, a cada minuto transcurrido, se siente insegura y desvalida. Según ella, es una fuerte sensación de desprotección similar a la de estar paseando por las Ramblas en hora punta con el coño al aire.
Eustodia, no obstante, para no dar crédito a su evidente condición de bicho raro, afirma con rotundidad que a todas sus amigas les acontece exactamente lo mismo. Sobre todo a Glafida e Indilina, que aparte de su virginidad, perdieron sus móviles en una desenfrenada "rave" ilegal, y lloraron y moquearon desconsoladas durante tres semanas, hasta el extremo de que hubo que sedarlas con urgencia e ingresarlas en un centro especializado. Pero es normal y debemos mostrar comprensión: a según qué edades, cuesta discernir la importancia de la finitud de la vida de un ser querido y la de un móvil.
El caso de Fredesvindo, lejos de quedarse a la zaga, es sumamente desconcertante. Asevera que dormir le sienta muy mal. Dice que todas las madrugadas se acuesta ebrio, con una felicidad incomparable y en la gloria. Y despierta con la sensación de estar unido a un cuerpo que no es el suyo. Le tiemblan las extremidades sin control alguno y nota su cabeza como una batidora colosal deshaciéndole el córtex cerebral.
Si se le ocurre exponerse a cualquier tipo de luz, siente que sus ojos van a estallar de intolerancia y tiene que cerrarlos de inmediato. Cualquier sonido apenas audible es un clavo incandescente horadándole el tímpano. La mayoría de las veces, incluso vomita sin haber ingerido nada durante horas, y le consume el imperioso deseo de volver a colocarse en posición horizontal en la más absoluta de las oscuridades.
Mientras sufre tales dolencias, jura vislumbrar en la noche de su habitación, los cuerpos de Enarino y Enasino: sus viejos amigos de correrías nocturnas hace meses fallecidos por cirrosis. Siempre interrumpen su eterno descanso y se levantan de sus ataúdes para animarlo en esos momentos tan duros. Y como a él, a ellos también les sentaba muy mal dormir. Por lo que Fredesvindo cree firmemente que acabará sus días como sus amigos de ultratumba: convirtiéndose en una extravagante variedad de vampiro.
Algo intranquilizador está pasando. Creo que puede llegar a ser un problema serio del cual el gremio médico no se preocupa como debiera. Los vampiros hacen que se me encoja el forro testicular y mi esfínter se distiende pensando en las personas que creen que sus móviles son más importantes que el hecho de seguir vivos.
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