Como que la televisión no es una opción válida y real de entretenimiento, reproduzco música durante los intervalos de tiempo que la legislación vigente permite. Ajusto los decibelios, preciso, en ese punto en el cual las ondas de sonido llenan todo el espacio vital del piso hasta morir en los recovecos. Alcanzando incluso los ángulos muertos y ocupando aquellos que no se ven: donde moran laboriosas arañas y criaturas diminutas e inclasificables.
Lo hago sin mala intención y nula alevosía, a sabiendas de que el aplastante peso de la ley puede imponerse como una fría losa por contaminación acústica. Y en contra del dicho popular, la música no amansa a las fieras, o quizás sí las amansa, pero altera a los vecinos de oreja vaga y floja, hasta un paroxismo inquietante y difícil de comprender, para quien es un melómano adicto y reincidente.
Mis vecinos, a falta de ser comprensivos, que se compren taponadores auditivos; que se muden a la espesa Amazonia; que insonoricen las paredes de sus habitáculos o que se compren uno en algún paraje remoto, olvidado y desértico. Cuando viene la bofia a visitarme, se creen vencedores, pero los del traje azul me dicen: "estás en tu casa y hasta las veintidós horas está permitido. No pasa nada".
En ocasiones, la fiesta está en su punto álgido. Todavía no son las diez de la noche y la mafia es lo suficientemente intimidatoria como para acojonar al fácilmente irritable vecindario. Pero eso no evita una segunda visita de la pasma dispuesta a medir los decibelios. Los dígitos del trasto medidor, revelan que los decibelios son los correctos, y la música vence sobre la intolerancia. Encima de que pago al sistema en el que vivimos, más tributos que un siervo de judíos, sólo faltaría que fuera yo el perdedor en esta lid hilarante. Que cada uno se preocupe de su propio agujero.
En principio, siempre hay que ir de buenas. Y si te piden amablemente y con educación que desciendas el volumen, corresponderles de igual manera. Si no se llega a un acuerdo por ambas partes... Tengo más paciencia que el Santo Job, y puedo estar de obras y picando en la pared desde las ocho hasta las veinte de la noche. Entonces sí que jode. Eso sí que retumba de verdad; eso sí que es un ruido insufrible, hasta el punto que desearían suicidarse con un recipiente de los Al-Qaeda rebosante de ántrax.
Sin embargo,en el fondo tengo unos buenos vecinos. Algo duros de mollera, con una evidente limitación a entender dónde acaban mis derechos y empiezan los suyos. Pero eso es lo que les toca si no quieren volver a perder. Muchas legislaciones y leyes tienen doble filo, y el denunciante acaba cortándose, para su asombro. Sudar con Doménica entre sábanas o en el mármol de la cocina no cuenta como ruido molesto. Así como los delirios demenciales en los chats hasta las seis de la mañana...Claro que eso ya sería otra historia.
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