lunes, 27 de abril de 2009
Malo es vivir de hechos acaecidos en el pasado, y encima estar viviendo dentro de tu propio caparazón interior, como si fueras una pequeña tortuga común y que tus relaciones sean tan pobres que sólo se reduzcan a oír tu propia respiración y flatulencias.

Hoy recuerdo momentos pasados en blanco y negro que no he olvidado. Permanecen imborrables en mi memoria como el tatuaje en la piel, y por mucho que intente extinguirlos de mis adentros, así como la tinta introducida bajo la epidermis, nunca desaparecerán del todo.

Quizás podría llegar a olvidar que de niños jugábamos con balones o algo medianamente esférico a lo que poder chutar. Que montábamos en bicicletas para cubrir escarpados terrenos montañosos, con la esperanza de encontrarnos con algún animal extraño y comprobar cuál de los dos era más rápido. Que, al fin y al cabo, nuestros compañeros de juegos no fueron otros que bosques y ríos. Brisas veraniegas alborotándonos el pelo y bolas de nieve en frías mañanas invernales... Y cómo no, la imaginación como guía incombustible en busca del entretenimiento.

Pero jamás olvidaré las hábiles e ingeniosas putadas que llevábamos a cabo con enternecedora inocencia en aquellos tiempos tan entrañables.

Entonces yo era un niño. Desconocía que mucho más adelante iba a ser consciente hasta el tuétano, de la oligarquía en la que me vería sumergido hasta el cuello. Y que en lugar de balones y bicis, aparecerían como una bestia terrible y hambrienta las hipotecas, los datos bancarios, la mafia empresarial, la estafa inmobiliaria, los discos de operación triunfo, Dinio, Sánchez Dragó, el niño obligado a sonreír con semen en la boca y un consumido, lucrativo y variado mar pornográfico.

Me crié en un pueblo. A veces disfrutaba con "la bola de cristal" y en "tocata" alucinaba con Iron Maiden y Accept. Los deberes escolares los hacía después de leer a Spiderman y La Masa. Otras, salía a la calle a patear mierda y porquería. En la puta rue si no te sabes espabilar, siempre vendrá un canijo más cabroncete que tú y te dará clases aceleradas y precoces de cómo debe desenvolverse uno. Como decía la canción: "un hombre no se hace en un día, pero en un día pueden ponerte el culo como una sandía".

En la mayoría de agrupaciones de canijo-mocosos cabroncetes siempre hay dominantes. Éramos como una hermandad. Si administraban de hostias a uno de los nuestros, toda la banda de mocosillos, íbamos a darle unos cuantos mamporros a los del bando contrario. Se utilizaba la fuerza bruta y muy de nuestra noble especie: patadas barriobajeras, puñetazos a menudo imprecisos, escupitajos del tamaño de pelotas de pin pon propulsados a la velocidad del sonido contra el ojo del enemigo, etc.

Cuando el único vencedor de tales chiquilladas sin sentido era el cansancio, y ambos frentes se distanciaban, empleábamos utensilios de gran precisión y total carencia de sofisticación como piedras con cantos afilados, hierros a modo de lanzas y cualquier cosa que pudiera infligir dolor o hacer sangrar. No obstante, a diferencia de piedras y guijarros, sí éramos sofisticados cuando nos disponíamos a elaborar con sumo cuidado y mimo infantiloide, las bromas y putadas jodedoras para el día de los santos inocentes.

Normalmente, empezábamos en casa de la Demetria. Con nuestras vocecillas, entonábamos cánticos al estilo de los más radicales seguidores de fútbol, para que se asomara por el balcón o ventana. Por supuesto, no sin antes tener la munición preparada cuál francotiradores. Huevos y fruta en fase de descomposición la aguardaban, pero nunca lográbamos dejarla como si hubiera sido cruelmente vilipendiada por un enfervorecido e inculto populacho en tiempos de la inquisición medieval. Escapaba con el delantal revoloteando, parapetándose entre sus cuatro paredes mascullando algo así como: ¡La madre que sus pariooooooó! ¡Cabroneeee hijo de putaaaa!

A continuación, entre estentóreas carcajadas, que era lo más inofensivo de nosotros, continuábamos con nuestros actos de entretenimiento inaceptable, gastando la munición orgánica que no podíamos utilizar contra Demetria, en estamparla contra coches y demás vehículos de tracción mecánica.

Algunas veces atábamos cubos llenos de agua a las puertas y pulsábamos el timbre. La buena persona que abría, a menudo, se encontraba con que tenía que fregar la entrada. A las amas de casa más desconfiadas, las que nunca abrían, les anudábamos una cuerda al pomo de la puerta, y de éste, a la farola, contenedor o papelera más cercana. Pegábamos las narices contra el cristal de las ventanas de la planta baja hasta dejar nuestras fosas nasales en ángulos casi imposibles, y les hacíamos muecas grotescas hasta provocar sus iras para que fueran a por nosotros. Era un método infalible.

Inocentadas punzantes; travesuras vandálicas; actitud díscola; mierda lapa, que consiste en defecar dentro de una caja de zapatos, rociarla abundantemente con alcohol, depositarla frente a la puerta de la víctima, prenderle fuego y pulsar el timbre. Pequeños petardillos de elaboración casera del tamaño de manzanas, condimentados con lejía y pegotillos de aluminio a modo de metralla para hacerlos estallar en sitios concurridos y salir por patas. ¡OJO! No mirar cuando estalle, o te puedes quedar más cegato que Daredevil.

De mi generación, como en las otras restantes, hay de todo. Y es que algunos padres, acomodados, tontillos e ineptos, con tal de no escuchar a sus vástagos, les regalan lo que éstos quieren, atiborrándolos sobretodo de lo que el opio del pueblo les incita a desear y a poseer. Luego los matriculan en la escuela para que los programen y tiendan a realizar los errores que ellos mismos cometieron.

Mis padres me mandaban a la escuela pero no me empachaban de lo que la tele me ofrecía de forma adictiva y preciosista. Siempre me escuchaban, y es que aprendí que mejora mucho la riqueza interior relacionarse en la calle. Menos cultura general, aprendes de todo.

Ahora que ya no soy un niño, o quizás soy un niño atrapado en el cuerpo de un hombre, no puedo ni quiero olvidar aquellas andanzas hijoputescas. Ya nada es y será como antes. Era un crío y tiraba piedras al aire riéndole a la vida, y si alguna le cayó a alguien que me perdone, pero no puedo evitar decir... ¡Qué entrañables recuerdos de antaño!

Tags: Recuerdos, infancia, travesuras, juegos.

Publicado por antidogmas @ 4:52
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Comentarios
Publicado por Serendipiando
miércoles, 29 de abril de 2009 | 23:51
Ay la memoria...
Nos hace evolucionar, pero nos juega malas pasadas.
No creo que seamos fruto de lo que hemos vivido, sólo de lo que recordamos.
¿Y por qué hay vivencias que se quedan tatuadas en la piel y otras, sólo pasean por las nubes?
¿Por qué nos rebelamos tanto ante los errores de nuestros progenitores y a la vez, sin querernos parecer a ellos, son nuestros referentes?
Igual, exista una memoria ancestral, que hace que sigamos siendo tan absurdos y débiles como un humano cavernícola y a la vez tan grandes como para reconocer nuestras propias miserias.
No te conozco, quizás ni te intuya.
No sé si eres un niño encerrado en un cuerpo de hombre.
Lo que sí constato, a través de tus escritos, que sigues tirando petardos.
Y removiendo aquello que otros, quieren que habite donde habita el olvido.
Porque es más fácil vivir sin memoria,pues qué, sino memoria, es el alma, la belleza, o el sentido de la justicia.
Habitemos en la memoria: sin colores estridentes.
Publicado por Serendipiando
miércoles, 29 de abril de 2009 | 23:55
O si es posible... en color sepia.

Tirando de las frases hechas, ya sabes lo que se dice de los pueblos y su historia( su memoria): aquellos que no conocen su historia, están condenados a repetirla.

Y segundas partes...nunca fueron buenas.

Mil abrazos desde la tierra del azahar, que vale para bien poco.
Pero huele de bien....