Hoy será un gran día. Lo noté al despertar en mis extremidades, en la boca del estómago. Como tantas otras veces, iría al encuentro de algo nuevo, deseando experimentar y poniendo mi atrevimiento a prueba. Cumpliendo con lo acordado, me dirigí a la dirección que me fue entregada. Las instrucciones recibidas me condujeron a una edificación ostentosa en las afueras de la ciudad.
La puerta estaba abierta, esperándome a que la empujara para poder entrar y desaparecer de la fachada. Una vez en el interior, la persona con la que acordé el encuentro me condujo a una de las varias habitaciones que conformaban la lujosa mansión. Era el cuarto encuentro con mi Ama, sólo que esta vez nos adentraríamos por terrenos más turbios y lejanos de los ya conocidos. Claro que ella, embriagada de confianza, no tenia ni idea de lo que iba a ocurrir.
Una vez más y esta vez, en una habitación con las paredes cubiertas de espejos, el ritual de la sumisión y la dominación empieza de nuevo. Mi Ama es una experta y yo un sumiso entregado, receptivo, abriéndome solícito a los exquisitos dolores que ella me profesa. Arrodillado levanto mi cabeza y ella lee mis ojos a través del cuero; quiero que mi Ama despliegue sobre mí su arte. Que me flagele es lo que anhelo, que subyugue cada fibra de mi cuerpo con su extrema disciplina.
Deseo ascender otro escalafón en el más gratificante de los sufrimientos. No hacen falta palabras en esta unión: vínculo inquebrantable de carne, látex y sensaciones. ¡Aprieta más las esposas! Tira con fuerza del cuero que rodea mis ingles ¡Sí! Quiero sentir otra vez ese agradable escozor, pero no es suficiente, ella sabe hasta dónde puede llegar. Bríndame alcanzar la culminación de la extrema agonía, pellizca mis testículos, ¡golpéalos! Tensa la soga que rodea mi cuello y silencia mis gemidos de placer y aprobación. No es suficiente, ¡dame más! Ofréceme tus tacones, clávalos en mi lengua, dibuja cicatrices en mi piel, deja que me regocije... permíteme que me humille...
El tacón es incisivo hasta la garganta, ella empuja imponiéndose pese a mis arcadas hasta que me tira al suelo. De pie sobre mí, mientras toso, derrama sobre mi torso una lluvia cálida de tonos dorados. Me baño en ella con regocijo; sabe que me ha provocado una erección que cubre con su sexo.
A los pocos minutos eyaculo en su interior con la fuerza de mil titanes. Es ahora cuando debe apretar la soga de mi cuello; lo ha notado. Nota el calor en su interior y hace que se me nuble la vista. Me abofetea un par de veces y se yergue poderosa, ofreciéndome sus flujos amargos junto con los míos para bañar con ellos mi lengua, transportándome a órbitas de sensaciones inenarrables.
Me libra de la opresión de las esposas con desdén, me ofrece la espalda y dice que se acabó, que ya puedo largarme. Pero no es así. De hecho, acaba de empezar. Le despojo de su máscara de cuero y desfiguro su rostro golpeándolo con furia contra todos los espejos de la habitación.
Está aturdida, entre un amasijo de sangre y piel rota por los cristales, afloran lágrimas de sorpresa e incomprensión. Se ha roto el fino hilo que había entre sumisión y dominación. Ahora es ella la que está en el suelo retorciéndose de dolor. No era lo previsto, pero tenía ganas de hacerlo. Le descalzo con lentitud mientras ella trata de decirme algo, pero tiene la cara tan arruinada que no puede articular palabra.
El tacón de la bota aún está húmedo, lleva mi saliva. Le aparto un poco el pelo y se lo clavo en el ojo. Chilla con la vehemencia de todos los hombres que llegó a someter, y mientras la adoro por todo lo que me ha hecho disfrutar empiezo a apretar su cuello. Ahora ya no llora, empieza a gemir mientras mueve brazos y piernas espasmódicamente como si de un baile disparatado se tratara. Sigo apretando mirándola con fascinación, mientras su vida desaparece en cada torpe movimiento, en cada lágrima, en cada ahogado gorjeo... Oprimiendo hasta que sus, cada vez más débiles estertores, finalizan en un patético y último hálito de vida que le arranco satisfecho.
Ahora sí acabó. Le contemplo largo rato, bañada en su propia sangre, tumbada en un colchón de cristales con el tacón de la bota clavado en el ojo donde una vez hubo una cara. Y estar sumido en una escena de completa locura me enerva y me siento bien. Consciente de lo acaecido, mi verdadera pasión es la aniquilación de la vida en Amas que practican la dominación, y es lo que haré a partir de ahora: seré el más entregado, el más deseado, el más sumiso de los hombres. Colmaré el ansia de todas las Amas que se crucen en mi camino, lo que nunca sabrán es que escribiré pesadillas con su sangre y que traeré el infierno conmigo.
Ya sabía yo que hoy sería un gran día.
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