Montamos en el tren de cercanías camino a la facultad. A escasa distancia de mí, Rubén despega sus nalgas de donde yacían aposentadas y dice: "anti, admira lo cachondo que me pone Verbina", y libera su polla de su encierro vigorosamente erecta con desconcertante naturalidad, como quien saca un pitillo en una concurrida sala de fumadores. Me lo quedo mirando durante escasos segundos (a él y a su polla; por ese orden) y replico con voz de cyborg, carente de vibra, de timbre, de emoción humana : "eres un hijo de la gran puta".
El tren continuaba su marcha perezosa como ha hecho cientos de veces, devorando al mismo ritmo cansino los bosques maltrechos, un cielo tormentoso que anuncia calamidades, repetitivas urbanizaciones grises en desintegración, extraños sin rostro con andares apresurados, raíles oxidados que gimen y el viejo tendido eléctrico. El interior del vagón olía a fuerte desinfectante y sus luces desvaídas irradiaban un sucio amarillo cutrón, titilando como harían las de un improvisado quirófano clandestino ubicado en los suburbios regentado por un cirujano ido.
Rubén, con gestos calmos y sonrisa cáustica, enfundó la polla en su prisión de lycra, al tiempo que mi atención volvió a recaer en el ventanal del vagón. Mi mirada posándose donde antes ya hubo miles, ante un cristal laminado salpicado de esputos salivosos ya secos, impreso de incontables huellas dactilares, adornado con diminutos insectos reventados y cuantiosa mierda en definitiva, lo que propiciaba que las fugaces imágenes que mareaban mis retinas se mostraran tenues y difusas.
Eran buenos tiempos para la insolencia, el derribo y el contradecoro. Contaminábamos el bar de la facultad con ingentes toneladas de pipas, bebíamos cantidades prohibitivas de cerveza hasta que lo prohibieron y eructábamos a las alturas y al ambiente viciado. En ocasiones urdíamos la amnistía de algún miriápodo encarcelado en el aula de ciencias, pero cuando remitían los efectos del alcohol optábamos por escapar para que nos diera el aire en la cara y fumar full.
No siempre procurábamos aprovechar el tiempo. También lo invertíamos en abrasar pestañas y fosas nasales entre las páginas de los libros y apuntes, asimilando información en atardeceres interminables; no sé qué de estudiar, lo llaman. Pero como adictos y reincidentes alevosos, consumíamos nuestras pequeñas y necesarias raciones de libertad o algo que se le pareciera; vivir por efímeros instantes sin márgenes a los lados, sin constricciones, sin que nos rija un código humano.
Pocos días después, en otro vagón del mismo tren de cercanías, pero con las mismas similitudes del anterior, Rubén me contó un tanto abatido: "anti, he follado con Verbina y ha sido muy extraño; no puedo decir que me gustara. Ha sido como follar con una gamba salada". Por supuesto, era totalmente cierto; lo uno, lo otro, lo otro y lo último. Mi amigo es exhibicionista, bebedor, fumeta, excelente estudiante y huye despavorido del recato, pero en absoluto se parapeta tras invenciones, mentiras, ni esgrime falacias a lomo de quimeras.
Tratando de no mostrarme comprensivo en exceso, le declaré: "ya te lo dije, incrédulo hijo de la gran puta".
Seguíamos en el tren de cercanías en dirección a la facultad.
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