...y al octavo día, el Innombrable vulneró los edictos hieráticos del Hacedor y convino con los irredentos mortales escribir su propia historia. A obscenos lengüetazos de fuego, engendró del más rusiente de los avernos, a la criatura más portentosa e incombustible que habría de enaltecer los corazones de los blasfemos y herejes que infestan el mundo, joya en el universo.
La bestia retornaría cíclicamente con denuedo arrollador y furia desacostumbrada, allá donde millones de gargantas paganas claman su nombre con una sola voz retumbante. Y para desdicha de dogmáticos, creyentes, defensores de la fe y subnormales en general, esparciría como un virus terrible su oscura letanía conquistando fronteras y anegando los más recónditos e infrecuentes confines.
El tiempo se mueve con las nubes y el templo de los infieles está dispuesto para abrir sus puertas y amparar a los que hoy optan por carearse con el entrecejo maligno del monstruo. Los cañones tronarán estentóreos; las abyectas alimañas de la madre Tierra se removerán inquietas en sus escondrijos malolientes y aullarán histéricas presintiendo el fin de todo lo conocido. Las guitarras rugirán hostiles y más de sesenta mil almas rabiosas clamarán la bienvenida a la bestia.
Puede que me ría de ti. Y de ti también por no estar. Y a buen seguro que me burlaré de la estúpida humanidad. Porque la música es música, pero cuando hablamos de AC/DC, la música es otra cosa. Y hay que estar allí para entenderlo, para vivirlo...
y para contarlo.
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