Estimados buscadores del orgasmo perenne y de la autocomplacencia inicua, escribo este artículo totalmente en pelotas -dadas las extremas temperaturas— para comunicaros que en esta dura época de crisis mundial que nos disnea como frío sepulcro, debemos ingeniárnoslas para sobrevivir de la forma más amena y divertida posible. He tendido que ser yo, entre todos los inanes votantes, el que detectase una inesperada demanda bloguera y procurase ofrecer digna respuesta.
No tenéis que agradecérmelo, puesto que lo hago de forma altruista y con total desinterés. El caso es que la gente de estos lares de vocales y consonantes, campan mal insultados o insultados con total carencia de gracia. Más o menos, el insulto es una muestra incomprendida de cariño, y no cualquier palabra que sea usada para zaherir o denigrar a una persona.
Qué constituye o no un insulto es harto complicado y su auténtico significado se extravió en el preludio de tiempos ancestrales. Hoy por hoy, el insulto se halla fuertemente maniatado a convencionalismos sociales, culturales e indiscutiblemente simplistas. Con independencia de la ética y de moral acartonada, el insulto de calidad es un arte en sí mismo.
Mayoritariamente, el insulto es una necesaria práctica social vituperada y repudiada. Con frecuencia, el insulto hace referencia a la condición sexual, a los progenitores, apariencia y discapacidades físicas y mentales de la persona a quien se dirige la injuria. Resumiendo: cualquier vocablo o gesto que pueda molestar u ofender al que va referido.
Los que sean jefes de empresa, militares de alta graduación, directores de banco, Papas, majestades y demás sablistas, con total seguridad están mal insultados o no tienen a nadie que logre insultarlos con el debido cariño que tales pedigüeños merecen. Yo me presto a cubrir ese hueco en sus insípidas vidas y pido a los que hayan sentido esa especie de existencia anodina, que lo dejen de mi mano experta y zurda, y me permitan practicar una actividad gratificante en la que me he demostrado imbatible preceptor.
No se llega a insultador titulado por azar. Hay que reunir varios requerimientos: Entre ellos -como dicen los detractores- ser hijo puta de pelotas o cabrón de mierda (aunque esto es un insulto mediocre. Adorable pero mediocre) y poseer innata sagacidad y cierta agudeza que sólo la dilatada experiencia otorga. La universidad es la vida, donde están incluidas las casas de putas y las manifestaciones con los antidisturbios detrás.
Convido a todos los que se sientan mal insultados a que me invoquen o que simplemente exterioricen su deseo sin rellenar formulario alguno ni mandar mensajes al móvil. Basta con que me indiquen su disposición y si quieren que la crítica a su persona o interioridades, se haga en privado o en público. Espero poder satisfacer todas vuestras jodidas exigencias. Y si alguno estuviera tan avezado que no llegase a sentir nada con el primer tratamiento insultador, que me lo exprese y aumento la dosificación de acidez con el único objeto de satisfacer la demanda del posible sujeto propiciatorio y obtener un excelente resultado del cual se espera en tan magna gesta.
Ánimo a todos. Amémonos, adorémonos y querámonos a través del insulto culto e ingenioso, y así se mantendrá libre de inoculación y toxicidad el resto de la blogosfera y demás confines aledaños, a conciencia de dejar todo lo que envilece la escritura adictiva y sacra en este punto impoluto del insulto docto.
Tags: Insulto, improperio, injuria, formas de amar.