Cuando la sesera, el cuerpo y la piel reclaman delicados roces y los labios estallan de besos, los libros resultan ser compañía obligatoria. Los nervios nos jugaban sus malas pasadas en aquellos exámenes universitarios de mierda, absurdos, de inutilidad más tarde comprobada. Si sabes sólo lo que eres capaz de recordar, no sabes mucho. Y la memoria sólo te trae ahora el aroma de las frutas y las ensaladas frescas; el olor del alcohol, de los porros y de las putas de salón vestidas de blanco; el hedor insoportable de la traición, la decadencia y el sabor adictivo de los granizados en días que parecían no discurrir.
Tardes lentas y soleadas apenas empleadas al borde de la piscina y mucho estudio con perfume de impaciencia y revoloteo de mariposas en el estómago, maldiciendo atardeceres sin amor, sexo y diversión, con el cielo en tonos rosa y la bruma surcada por vencejos, que luego ceden sus vertiginosas pasadas al más torpe aleteo del murciélago. La ropa ceñida, casi húmeda y esa ansia de besos que nunca son bastantes. La juventud destellante, apenas percibida, con mi pulso acelerado entre el tintineo de botellas rebosantes y los hielos en el vidrio. Deseos indefinidos, anhelos casi inconfesables y un torso de adolescente que se yergue insolente para provocar caricias ayunas de inocencia.
La vida es ahora y lo que nos queda. Ya no somos jóvenes, o al menos nada niños. Se acabó el necio sueño del idealista, del crédulo y del altruista. El día menos pensado te sentirás en el ecuador de tu existencia; a unos pasos de la cima, ya todo parece cuesta abajo. Se impone hacer balance y contar los besos, borracheras, polvos, enfados y desvaríos que me sacudieron como hace el océano con las embarcaciones. Nunca me preguntaré si me apetece vivir ya, o me rendiré a morir dulcemente. Quiero investigar lo que sucede, cuándo empieza a ocurrir lo tantas veces añorado. Son muchas las vivencias exquisitas, o que al menos así nos lo parecen, que están todavía bullendo en el tintero.
Nos vamos con la esperanza aún intacta, a repasar el inicio de nuestras vidas. Saltamos los capítulos donde no hubo amor y no nos queda casi nada. Fuimos jóvenes sin apenas darnos cuenta y sólo hay diez veranos de los treinta a los cuarenta... Ya no soy joven, aunque al menos lo parezco y tengo cada vez menos sitio reservado a los misterios y las gilipolleces. El sexo siempre estuvo, pero ahora es evidente. Ya no parece el tiempo del cortejo interminable, donde todo empezaba y terminaba con un beso. Los besos son algo muy simbólico. Sin besos apenas se puede hilvanar el tejido de la vida y un aleteo parece pugnar por zafarse en cada costura.
Las cosas no hacen daño y es mentira que haya que esperar dos horas para bañarse en agua fría, después de haber comido. No todos los tíos de la creación nos ponemos cachondos viendo como dos bolleras se dan caña. Los chicles no se pegan en las tripas y te mueres. Las rubias que están buenas no son tontas. Los hombres pueden hacer dos cosas a la vez. Los catalanes no son polacos. No todos los yanquis son imperialistas, ni los rusos unos comunistas corruptos bebedores de vodka, ni el agua hace daño, si bebes de la fuente, hasta sentir su bamboleo en tu interior.
Los labios son para usarlos y posarlos en una piel equivalente, para sentir su tacto y su contacto, más fresco, o incluso más caliente, y no para alimentar tópicos risibles y estúpidos en boca de retrasados y retrasadas anormales. Los tópicos nos complican la vida, y por cada uno que alimentáis, se os debiera secar el coño y caerse la polla a trozos.
Morid pronto, gentuza.
(Escrito y publicado en 2007. Revisado y republicado en 2009).
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