Por uno de esos locos azares que escapan al entendimiento, yo conocí y conviví con algún millonario. Entre los millonarios o ricos, como entre los pobres y los no adinerados, hay mucha imbecilidad, y tal cualidad por desgracia extensa, no hace diferencias entre los que no tienen nada o los que se gastan una suma desorbitada en alguna acuarela de mierda de algún gilipollas muerto hace cientos de años. La imbecilidad está por encima de nosotros, y lo que la hace sabia es que no entiende de clases sociales, acervos ni billetes.
El millonario imbécil más imbécil es el de nuevo cuño. Nuevos millonarios los hay por apuestas del estado, por desfalco, estafa inmobiliaria, herencia de dudoso origen, por pollazo, por nacer con una flor en el culo y otros. Los de pollazo, por ejemplo, son especímenes atractivos aquejados por una despiadada metástasis que se originó en su cerebro perezoso para extenderse por todo el cuerpo hasta la polla. Como a todos, les gusta el dinero y la vida servida en bandeja de plata y monárquica, pero no la esclavitud laboral, y recurren al matrimonio con una mujer rica a menudo fea para que los mantenga.
El nuevo millonario imbécil es el que, no contento con transitar por el mundo en su condición de parásito feliz, se retrae de tal modo en su condición de ostentosidad y opulencia, que acaba adquiriendo un exasperante orgullo de clase, aunque hasta entonces se haya pasado la vida cagando en un retrete de un metro cuadrado o no dudara en morder el polvo para recoger cinco céntimos. Los millonarios imbéciles se comportan con la plebe con la misma servidumbre insoportable con que lo haría un esclavo africano en la América del siglo XVI. Les encanta ser complacientes, agradables, simpáticos y por encima de todo, marcando las distancias.
Tu amigo antes pobre convertido en millonario imbécil puede que se acerque a ti, pose una mano amigablemente en tu hombro, con la otra te ofrezca una copa de cava y te declare jovial: “Chicos, en el fondo, soy como todos vosotros. Soy de los vuestros”. ¡Ni que lo digas! ¡Si tus padres regentaban un bareto donde dabas un puñetazo en la barra y salían proyectadas hacia el exterior cien cucarachas! ¡No te jode! Pero lo cierto es que no pueden ocultar su displicencia y menosprecian profundamente a todo ser o lugar que les recuerde su anterior vida.
Es comprensible que una vez catados ciertos escalafones sociales, sean preferidos a la vida humilde a la cual está sometido el esclavo laboral, pero de ahí a despreciar sin titubeos a quienes fueron tus compañeros de juerga y correrías nocturnas desde antes de la adolescencia hay un abismo. El millonario imbécil posee todo lo material que desea y tiempo libre, por lo que acaba, irremediablemente, desarrollando toda una amalgama de obsesiones extrañas y profundas neurosis propias de un enajenado. Para canalizar tales estados mentales, el millonario imbécil habilita cien metros cuadrados de los quinientos de una de sus propiedades para almacenar todo tipo de chorradas y excentricidades inútiles.
Allí montan sus increíbles maquetas de trenecitos y sus enormes pistas de escaléxtric donde todo está cuidado con minuciosidad clínica. Ni qué decir de aquellos que representan grandes batallas de la historia de la humanidad con incontables muñequitos perfectamente equipados donde todo está rigurosamente colocado hasta el más mínimo detalle, hasta hacerte sentir un espectador de lujo retrocediendo en el tiempo. O los que exhiben orgullosos en numerosas estanterías los Madelman, los G.I. Joe, y otras figuritas carísimas que representan personajes emblemáticos del cine; todas metidas en sus cajas transparentes sin desembalar, sin una mota de polvo, impolutos.
Turba el observar sus ojos chispeantes y sus sonrisas aleladas cada vez que profesan su amor incondicional a tales fruslerías más que a sus propias madres. Así que yo, este verano, como tantos otros veranos, visitaré a mi amigo Raúl. Como podéis suponer, es millonario además de algo imbécil, pero es un buen tipo y amigo mío al fin y al cabo, y pese a los billetes, eso no se le ha olvidado.
Bien mirado, cuando eres millonario, ser imbécil no es tan malo.
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