Hace escasos días, tuve el acierto de asistir al festival Sonisphere en la ciudad condal. Cuando eres un adicto sin solución a las seis cuerdas rasgadas con virtuosismo reverencial; cuando eres inagotable consumidor de ritmos abrasivos, frenéticos, rápidos o pesados; cuando eres un devorador insaciable de actuaciones en directo y te deleitas con voces desgarradas, torturadas y repletas de sentimiento, se convierte en obligatoriedad ineludible el personarse en tan espléndido evento.
Pero por encima de todo, uno tiene que saber a lo que va, adónde va y si hace falta, informarse como es debido. Cada música tiene su público, y el público -en general- dicta las normas de comportamiento. Pero si no sabes muy bien de qué va el asunto o dónde coño te estás metiendo, es mejor mantenerse en un segundo plano. No me vale eso de: " Me acerqué al escenario tanto como pude para no perderme detalle. Durante todo el concierto, los hijos de puta que me rodeaban no paraban de empujar y darse codazos. Por culpa de esos malnacidos tengo moratones y un esguince de caballo".
Pero vamos a ver, alma cándida, si quieres un concierto donde no te hagan pupita, no te despeinen ni te arruinen la manicura y en el que puedas salir cachonda sin remedio con la vagina rezumando flujos y empapando las bragas, vete a ver el canto del loco. Todavía me estoy carcajeando.
Y me carcajeo... me carcajeo... me carcajeo...
Tags: Música, concierto, directo.