domingo, 13 de septiembre de 2009
Aunque ya lo sabréis, deseo haceros conocedores y partícipes de la omnipresente y escandalosa proliferación de los hijos de puta. Vamos a ver; empecemos por el principio. No me refiero a la persona nacida del polvo de cuya madre fue remunerada por vender sus orificios íntimos, sino de la chusma que necesitan de la mirada y atención del que tienen al lado para sentirse vivos o útiles en este plano existencial.

Es decir: la muchedumbre hijoputa parece tener un curioso ahínco de participación activa. No les basta con observar o escuchar en silencio y disfrutar de lo que sus sentidos reciben. Por ejemplo, si voy a un museo de la índole que sea, me encuentro a toda una patulea de adolescentes deficientes, jubilados y ancianos fácilmente irritables. Los adolescentes, no contentos ni satisfechos con lo que el museo les ofrece y gozar en silencio, son un enjambre trashumante de gritos, exclamaciones fuera de contexto y risas escandalosas que te conducen a la certeza de que su extrema imbecilidad es innata a su evidente mala educación (semejante a la de sus putos padres, que no los educan).

Los respetables de la tercera edad, por otra parte, haciéndose fuertes en su condición de carcamales decrépitos por edad avanzada, se muestran insolentes y vociferan calumnias porque se les agotan las pilas del audífono. Se hace tarea irrealizable mirar un cuadro (pese a que yo me cago en el mal llamado arte tal y como nos lo han vendido) cuando un vulgo remiso brama anegando tu espacio vital. O cuando una abuela bigotuda cuya altura es menor a la de Frodo te espeta: “Escuche, menéese ya que lleva mucho rato en el mismo sitio y yo quiero ver también”.

Si acudes al cine, lamentablemente también converges con los hijos de puta. Quiero decir, que vas al cine a ver una película; no necesitas soltar una jodida palabra para nada salvo si es para decir a tu acompañante que vas al lavabo a mear y si de vuelta quiere que le traigas algo; ni que el insufrible retrasado que se asienta dos filas más atrás o adelante de donde estás tú, a cada fotograma aparecido en pantalla, haga un comentario pretendidamente aclaratorio y gracioso, evidenciando su naturaleza de intenso hijo de puta incómodo.

En ambos casos (cine y museo) se origina un bucle singular: los espectadores hijos de puta te hacen partícipe de lo que ven aun estando tú presente y contemplando lo mismo. Necesitan afirmar en voz alta que existen en ese preciso instante y que participan. Asimismo, se halla en este tipo de proceder, un peso de vanagloria, concupiscencia, mala educación e incultura que me enloquece hasta fronteras indescriptibles. No sé por qué razón, cada vez que tengo el infortunio de asistir a espectáculos tan lamentables y me veo asediado de hijos de puta de tal ralea, pienso en matanzas en el mundo y en las más truculentas de las torturas.

Pero me resigno. Siempre me queda el insustituible consuelo de un buen libro, de escuchar CD de buen heavy o practicar cuando no está Doménica, estimulantes vicios solitarios. Y no es que sea un espécimen raro, pero con lo concienzudamente educado que soy, también me llamaron hijo de puta.

¡Qué mundo!

Tags: Hijos de puta, cine, museo, mala educación.

Publicado por antidogmas @ 19:06
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Comentarios
Publicado por solamenteAnna
martes, 15 de septiembre de 2009 | 10:50
Hijos de puta, como putas... siempre han existido, y al igual que el oficio más viejo del mundo, són los cabrones más viejos del mundo.
De todas formas, yo al HP que menos tolero es al prepotente perdonavidas...
En fin, será que hace mucho que no voy al cine...
Besos... muchos...