Aunque ya lo sabréis, deseo haceros conocedores y partícipes de la omnipresente y escandalosa proliferación de los hijos de puta. Vamos a ver; empecemos por el principio. No me refiero a la persona nacida del polvo de cuya madre fue remunerada por vender sus orificios íntimos, sino de la chusma que necesitan de la mirada y atención del que tienen al lado para sentirse vivos o útiles en este plano existencial.
Es decir: la muchedumbre hijoputa parece tener un curioso ahínco de participación activa. No les basta con observar o escuchar en silencio y disfrutar de lo que sus sentidos reciben. Por ejemplo, si voy a un museo de la índole que sea, me encuentro a toda una patulea de adolescentes deficientes, jubilados y ancianos fácilmente irritables. Los adolescentes, no contentos ni satisfechos con lo que el museo les ofrece y gozar en silencio, son un enjambre trashumante de gritos, exclamaciones fuera de contexto y risas escandalosas que te conducen a la certeza de que su extrema imbecilidad es innata a su evidente mala educación (semejante a la de sus putos padres, que no los educan).
Los respetables de la tercera edad, por otra parte, haciéndose fuertes en su condición de carcamales decrépitos por edad avanzada, se muestran insolentes y vociferan calumnias porque se les agotan las pilas del audífono. Se hace tarea irrealizable mirar un cuadro (pese a que yo me cago en el mal llamado arte tal y como nos lo han vendido) cuando un vulgo remiso brama anegando tu espacio vital. O cuando una abuela bigotuda cuya altura es menor a la de Frodo te espeta: “Escuche, menéese ya que lleva mucho rato en el mismo sitio y yo quiero ver también”.
Si acudes al cine, lamentablemente también converges con los hijos de puta. Quiero decir, que vas al cine a ver una película; no necesitas soltar una jodida palabra para nada salvo si es para decir a tu acompañante que vas al lavabo a mear y si de vuelta quiere que le traigas algo; ni que el insufrible retrasado que se asienta dos filas más atrás o adelante de donde estás tú, a cada fotograma aparecido en pantalla, haga un comentario pretendidamente aclaratorio y gracioso, evidenciando su naturaleza de intenso hijo de puta incómodo.
En ambos casos (cine y museo) se origina un bucle singular: los espectadores hijos de puta te hacen partícipe de lo que ven aun estando tú presente y contemplando lo mismo. Necesitan afirmar en voz alta que existen en ese preciso instante y que participan. Asimismo, se halla en este tipo de proceder, un peso de vanagloria, concupiscencia, mala educación e incultura que me enloquece hasta fronteras indescriptibles. No sé por qué razón, cada vez que tengo el infortunio de asistir a espectáculos tan lamentables y me veo asediado de hijos de puta de tal ralea, pienso en matanzas en el mundo y en las más truculentas de las torturas.
Pero me resigno. Siempre me queda el insustituible consuelo de un buen libro, de escuchar CD de buen heavy o practicar cuando no está Doménica, estimulantes vicios solitarios. Y no es que sea un espécimen raro, pero con lo concienzudamente educado que soy, también me llamaron hijo de puta.
¡Qué mundo!
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