Nunca fueron de mi agrado los ritos ancestrales y las ceremonias, entre otras cosas porque ofrecen claro mosaico de nuestra involución y sandez, aun sirviendo para enfrentarnos a nuestros miedos y más ocultas contradicciones. El transcurrir de nuestros días está encadenado a cultos y protocolos primigenios que se nos han pegado a nuestra moral como rémoras al escualo, y lejos de querer o poder desprendernos de tanto bagaje inútil, pugnan por afianzarse más y más y retorcer sus raíces hasta arañar lo insondable.
Nunca me gustaron las bodas de gran despliegue; fastuosas hasta rayar lo petulante. Son una estridencia tecnicolor de pésimos enfoques capaces de calcinar las retinas más inalterables. Una farándula desazonada de deplorables actores desubicados, con semblantes sudorosos e histriónicos portando un guión acartonado bajo la axila. Un desfile torpe y embrollado de disfraces caros y de inmaculado calzado incómodo donde el sol arranca destellos. Puede que lo único que las hace soportables son las muestras de sincera alegría del que se casa.
Por otro lado, los grandes funerales son una ceremonia a la vida de una plasticidad enormemente expresiva. Son aquella acuarela de marco lúgubre y tonos claroscuros que nunca colgamos en la pared, cuya solemnidad nos subyuga y cae sobre nuestros hombros como un enorme manto. Una representación sin guión donde sólo habla el silencio y los ojos tras las gafas de sol aunque no haya sol. Definitivamente, los funerales tienen una cautivadora carga emotiva; una inexplicable y bella teatralidad.
Y me hacen sentir vivo.
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