A mis ojos de niño, la ciudad siempre me pareció una esperpéntica fábrica de sueños que se tornaban pesadillas horribles. Recuerdo observarla a contraluz, ensimismado y descubrir en ella transparencias que delataban tumores y feas deformidades; un algo sucio y desagradable que respiraba y que componía su basto y loco entramado de hierro, hormigón y escoria. Cayeron los días y llegó uno en el cual aprendí a bailar en un submundo de realidad inconcebible y de sadismo enloquecido. Fue en ese preciso instante cuando los sueños parecieron inalcanzables y las pesadillas peinaron las calles hasta hundirse en todos los recovecos de la ciudad.
Ahora no es diferente de ayer. Allí donde la vista cae, una pomposidad babilónica se erige por encima de todo hasta embotar los sentidos y emborrachar los sentimientos; todo descomponiéndose desorbitadamente bajo maquillaje barato, verborrea, pompas, mortajas, exequias y un bulímico atracón de oscura vida devorándose ella misma. Llegados a tan negros términos, diríase que estoy preso de una sustancial amargura y pesimismo fruto de la inevitable decadencia de la era contemporánea. Pero no es así; o sí, no sé. A todo buen optimista le queda el pálido consuelo de la negación de la realidad y al pesimista la amargura de ser consciente del mundo que le rodea.
Pero yo, por aquello de abogar a mi propio individualismo, opto por meterme en el saco del paranoico pasivo, que como dijo no sé quién, son aquellos que perciben el mundo que les rodea a un nivel superior al normal. Después de estar dándole vueltas a tal concepto creo que esclarecí algunas características. El optimista se aleja de la realidad evocando imágenes de paisajes idílicos; flores atiborrando toda la faz de la tierra; dedos angelicales acariciando arpas y películas siempre con final feliz. El pesimista, por el contrario, no sueña ni cierra los ojos: contempla bellas explosiones nucleares en atardeceres veraniegos; se duerme con una lluvia de estallidos de bombas mutilando todas las curvas de la tierra y cree que somos el experimento fallido de un Hacedor demente y cachondo.
Y yo observo el mundo a contraluz y lo único que me viene a la cabeza es la imagen de Irene calientapollas.
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