lunes, 26 de octubre de 2009
No paseaban estrellas en el cielo. La oscuridad devoró a la luna y la noche semejó un ojo frío y horrible de cuya densa mirada era imposible escapar. Era aquella clase de noche, húmeda y profunda como la boca de una puta en plena decadencia. Las fosas nasales se obturaban con los efluvios resultantes de la actividad unificada de dos anatomías correosas y repugnantes: la suya y la mía. Y la noche era el único dios de todo y dejó de existir algo bello en el mundo.

No supe en ningún instante dónde estaba ni cómo llegué hasta allí; hasta ella. Desde ningún lugar, zigzagueé a tientas hasta tenerla tan próxima que mis pómulos eran acariciados por su respiración agitada. Sentí su piel gélida debajo de la mía; delante de la mía; encima de la mía, bebiendo de su boca helada e inhalando los hálitos de su corazón según su cadencia. Ella orquestaba la danza de nuestros cuerpos a voluntad, tratándome como su pertenencia.

Susúrrale tu nombre, me dije, y pronunciará tu nombre, pensé. Desconocía si sus fuerzas desfallecerían o su vigor sería inagotable. Pídele poder mirar su cara en un fugaz instante de luz, pensé, y ámame y fóllame eternamente como a ningún hombre, le supliqué. Y despegó su torso apoyando sus manos en el mío; arqueó la espalda hacia atrás y sus uñas se clavaron en mí y rió. La sangre brotó, y su carcajada nació como un rumor de piedrecillas barridas por el viento y se acrecentó en una ubicuidad atronadora como si la tierra se estuviera resquebrajando en dos.

Dejé de sentir su cuerpo de témpano durante unos segundos. El pecho me escocía y la sangre se deslizaba en finos regueros mezclándose con el sudor de mi cuerpo. Y ocurrió que de la oscuridad surgieron sus ojos más allá de mis pies. Y al tiempo que se acercaban, supe que aquella mirada que no parpadeaba era la última cosa que contemplarían los míos. En medio de aquella impenetrable nada oscura, solo, abandoné la cordura de mis sentidos rindiéndome a esa mirada que reptaba terrible por mis piernas hasta mi pecho herido, que apagarían los ríos de lava que surcaban mis venas y sofocaría el infierno de mi polla reventada.


Tags: Fiebre alta, deliro, estar malo de narices.

Publicado por antidogmas @ 19:34
Comentarios (7)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Irene
martes, 27 de octubre de 2009 | 0:36
Eso te pasa por dormir sin calcetines...Guiño
Publicado por antidogmas
martes, 27 de octubre de 2009 | 14:25
¡Oh, Irene! Siempre duermo sin calcetines. A decir verdad, siempre duermo sin pijama, sin camiseta, sin ropa...Sonrisa Gigante
Publicado por Igrein
martes, 27 de octubre de 2009 | 18:39
Coño... pues a mi me ha dado muy mal rollo... independientemente de como duermas (ais, que quieres hacernos tener pensamientos impuros... jajajaja!!!)

" ocurrió que de la oscuridad surgieron sus ojos más allá de mis pies"... joder, en serio, me da muy mal rollo...

Un besín!
Publicado por antidogmas
martes, 27 de octubre de 2009 | 19:59
Eso es lo que quería conseguir, Igrein. Que diera mal rollo. ¡Lo conseguí!Fumador
Publicado por solamenteAnna
miércoles, 28 de octubre de 2009 | 9:49
Leñe... eres el primer caso de gripe A que conozco!!
Ya sabes, un frenadol y reposo absoluto!!
Besos lejanos, q con los cercanos me contagias.
Publicado por antidogmas
miércoles, 28 de octubre de 2009 | 17:08
Seguro que hay más gente que conoces que la padecen (gripe A), pero no lo dicen por temor a que los condenen al más absoluto de los ostracismos. Eso sí, los delirios febriles son raros.Fumador
Publicado por Igrein
miércoles, 28 de octubre de 2009 | 18:26
No te quepa la menos duda... lo conseguiste... jejej


Un besote!