Lo expuesto a continuación sucedió hace unas pocas horas. El tipo, cuya estampa era desconocida por aquellos contornos, irrumpió en la cálida velada del bar arrastrando consigo el desagradable frío otoñal. Los parroquianos más próximos a la entrada sufrieron un breve temblequeo que les asaeteó el cuerpo. Como dirían los adolescentes de hoy en día: el tío entró vacilando.
Aseveraba con magna contundencia que era capaz de deglutir, sin apenas torcer el gesto, seis copas rebosantes de cava en tres minutos. Ni uno más, ni uno menos. Dos copas por cada minuto transcurrido. Al otro lado de la barra, Sito, que gustaba de esta clase de números circenses en su establecimiento, colocó en la barra una perfecta sucesión de seis copas inmaculadas, alargadas y estrechas, donde vertió, con ademán jocoso a la vez que innegablemente experto, el dorado líquido gaseoso.
A escasa distancia, el que les narra el desconcertante curso de los acontecimientos y reloj en ristre, dio inicio a la insólita libación. Ante una numerosa concurrencia atenta, el tipo desconocido hizo gala de una técnica depurada: sobre el segundo 20 apuraba la primera copa; en el intervalo de un segundo, dejaba la copa vacía para asir con movimientos ensayados la segunda copa; en el segundo 55 ya había vaciado la segunda copa; en los 5 segundos restantes eructaba como un barítono. Y vuelta a empezar.
Transcurridos exactamente tres minutos, el tipo demostró poder meterse entre pecho y espalda el contenido de las seis copas sin desperdiciar una sola gota y como el que bebe un vaso de agua sin la presión de ser cronometrado, lo hizo sin que su semblante adoptara rasgos apresurados, de dolor o indigestión. Una gran parte del respetable ovacionó al tipo desconocido y éste saludaba condescendiente, a la vez que un abrupto enrojecimiento bañaba sus ojos.
Pasados unos minutos, de súbito, el tipo empezó a padecer una gama ininterrumpida de violentas erupciones intestinales, así como una extraña sonoridad de burbujeos estomacales propios de una severa licuación. Su cara era la imagen descarnada de la urgencia más desesperada imaginable. Ante nuestra sorpresa, el tipo buscaba con tremenda angustia el camino redentor hacia el lavabo que, por crueles designios del destino, estaba siendo utilizado por otro trasero con similar perentoriedad. Así que salió a la calle clamando al cielo, buscando con la mirada algún lugar medianamente íntimo para poder dar fin a tan despiadado tormento.
Sin embargo, a sabiendas de que era del todo antinatural contener por más tiempo los eficaces mecanismos de su organismo, el tipo, optando arruinar su dignidad en pos de un rápido final escatológico, se bajó pantalones y calzoncillos. Y a la potente luz de la farola que iluminaba la fachada del bar, se acuclilló aullándole a la luna con espectaculares agudos e inconmensurable alivio, mientras que su aparato excretor expulsaba todo aquel río de escoria e impureza. Debido al brusco cambio de temperatura, la feroz deposición humeaba en la fría acera de aquella noche otoñal, semejando una perturbadora forma de vida alienígena.
Y es que el cava hay que disfrutarlo sorbito a sorbito. Despacio.
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